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La plantilla de Gamesa de Alsasua se montó ayer en dos autobuses y se plantó en Zamudio, ante el despacho del director de personal de la empresa para toda Europa. Era su forma de hacerle llegar lo mal tratados que se sienten por el cierre.
D.N.
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Trabajadores de Gamesa, a la cabeza de la marcha por Zamudio.
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"JOSE, entra en Internet y mira la página web del Noticias. Y agárrate a la silla, que te vas caer".
Es jueves, 25 de febrero. Gamesa acaba de anunciar al comité de empresa que cierra la planta de Alsasua, con 14 años de historia y 150 trabajadores. En cuanto los delegados sindicales abandonan la reunión, la noticia salta de teléfono en teléfono por toda Alsasua, y Jose Aseginolaza, que se encuentra en su domicilio tras completar su turno, recibe muy pronto la llamada de su amiga. "Entré a mirarla en cuanto me llamaron. No me lo podía creer, así, tan de golpe...".
"Yo me enteré viendo el Teleberri esa misma noche", recuerda Rosa Larraza, también con 14 años de trabajo en la planta. "Íbamos a cenar y me dijo mi marido que iba a poner la tele. Entonces lo contaron". A Pili Cabeza, empleada de Gamesa durante los últimos 12 años, también le llamaron a casa para anunciarle la noticia. Y tampoco se lo creía. "Empecé a decir: "que no, que no, que no...". Y resulta que es que sí".
Han pasado 20 días desde entonces y la plantilla de Gamesa empieza a asumir que el cierre de la fábrica es algo más que una amenaza. Pero se resiste a aceptarlo, demuestra capacidad de respuesta y conserva la esperanza de voltear un ERE al que no ve una razón de peso. Jose, Rosa y Pili forman parte de una nómina repartida casi al 50% entre hombres y mujeres, y que ayer se desplazó en dos autobuses hasta Zamudio, donde tiene su despacho Javier Treviño Izquierdo, responsable de recursos humanos de Gamesa en toda Europa. Ubaldo Sola, presidente del comité de empresa, le dejó un recado (que retire los despidos) y le devolvió un recuerdo: un regalo que la empresa entregó a sus trabajadores junto al aguinaldo navideño en 2001. Se trata de un muñeco ergonómico personalizado, con el nombre de cada trabajador y envuelto en algodón. La caja portaba un mensaje de la empresa a sus trabajadores: porque sois la pieza más importante y queremos teneros entre algodones. "Vamos, una chorrada de esas que hacen las multinacionales", resumía ayer un trabajador.
el viaje
Dos autobuses llenos
La parada de autobuses de Alsasua, una vieja marquesina desconchada y repleta de carteles, bulle a las nueve de la mañana. Más de 90 trabajadores de Gamesa se disponen a embarcarse en los dos autobuses que ha fletado el comité de empresa (siete delegados de ELA y dos de LAB) con destino a Zamudio, al Parque Tecnológico de Vizcaya, donde Gamesa concentra a buena parte de su equipo directivo. Jose Aseginolaza, Rosa Larraza y Pili Cabezas se mezclan entre sus compañeros. José Mari Ochoa, uno de los miembros del comité, carga en el maletero del primer autobús una de las pancartas, mientras el resto de los trabajadores va ubicándose en los asientos. Portan mochilas con el almuerzo, con las camisetas y con los buzos en los que piensan enfundarse para la marcha. Suben también megáfonos, silbatos, pequeños molinillos de papel. A las 9.15 los autobuses arrancan. La carrocería del primero de ellos lleva la firma de Sunsundegui, otra histórica empresa de Alsasua que hace apenas un año se asomó al abismo por sus deudas.
El enfado
Sensación de injusticia
En la fábrica, apenas ha quedado el gerente y el personal de administración. Otros 32 trabajadores se encuentran desplazados en Aoiz, en labores de preparación y de desarrollo de los prototipos de la pala G10X, un gigante eólico de más de cien metros de altura y que, según la empresa, podría dar empleo a casi 400 personas en 2013. Félix San Miguel, un pamplonés de 59 años, no piensa en Aoiz, sino en mantener su trabajo en Alsasua, donde lleva 25 años. Hace seis años, vivió en primera persona el cierre de Ufesa, en Etxarri. "Me quedé en el paro durante año y pico y entré en Gamesa, en mantenimiento. De la noche a la mañana te dicen que cierran... No hay derecho a algo así".
Es la sensación generalizada entre los trabajadores de la planta. Creen que el cierre es injusto, que no responde al trabajo de una plantilla que "ha hecho esfuerzos, que trabajó sin cobrar las horas extra cuando se puso en marcha la planta", recuerda José Luis Arregi, otro de los miembros del comité de empresa. No es el único que piensa de este modo. Iosu Huegun, un ingeniero técnico agrícola que suma ya tres años en Gamesa, tiene claro que "la de Alsasua es una planta competitiva, con calidad". "No nos pueden reprochar nada en este sentido". Huegun esboza una teoría que suscriben muchos de los trabajadores que ayer viajaron hasta Zamudio. Gamesa está tratando de presionar a las instituciones, al Gobierno central, para que desbloquee un mercado eólico completamente parado. "Si la pala que nosotros hacemos no tiene mercado, ¿por qué no cierran también el resto de plantas que fabrican los nacelles o los multiplicadores de nuestra pala?", se preguntaba ayer otro de los trabajadores. Huegun ofrece una respuesta: "Esto es una cuestión política: están jugando al mus y nos han puesto a nosotros encima del tapete".
la preocupación
Las familias y el futuro
Iosu Huegun mira a través de la ventanilla del autobús y, en el cielo despejado de marzo, divisa la cima del Aratz (1.443 metros), que conserva abundante nieve y que da nombre a su hijo mayor. La pequeña se llama Maren y ambos forman parte de las preocupaciones del padre, que hace tres años cambió un empleo de ingeniero en una empresa deshidratadora de la Ribera por el actual, con el objetivo de pasar más tiempo junto a su familia. "Mi mujer pudo haber entrado también entonces en Gamesa. Ella ahora trabaja y mejor no estar los dos en la misma empresa, que nunca se sabe".
Pero entre los 150 trabajadores de Gamesa en Alsasua hay siete parejas. Siete hombres y siete mujeres que temen quedarse en paro. Carlos Claver y su mujer, Claudia, son dos de ellos. Lleva doce años en la empresa y en la marcha a través del Parque Tecnológico de Zamudio no deja de jalear consignas desde su megáfono. Es uno de los más enfadados. "Como nosotros hay otras seis parejas, casi todos con uno o dos hijos. Y también había parejas entre los eventuales a los que no renovaron. Los hijos son la principal preocupación. Te planteas el futuro por ellos, porque ves que en Sakana el futuro parece negro. Están cerrando muchas empresas".
A Jose Aseginolaza, trabajadora que fundó la empresa y que se enteró del cierre tras la llamada de su amiga, Sakana empieza a recordarle al valle triste que conoció a mediados de los ochenta, cuando no había trabajo "y la única solución para las chicas jóvenes era marchar a cuidar niños a Pamplona". Ahora se siente en las mismas: cierra Isphording, cierra Recindsa, Gamesa anuncia también su cierre. "Y da rabia, porque sabemos que la versión de la empresa no es real".
Los trabajadores no se creen que la planta de Gamesa en Alsasua no sea capaz de fabricar otras palas. "Con lo que se van a gastar en nuestras indemnizaciones, tienen para ampliar la nave o ponerla como quieran", dice Iosu Huegun. José Luis Arregi, del comité, recuerda que la planta ha ido evolucionando, fabricando palas cada vez mayores. Y se ha adaptado. Ha formado parte de la vida de un pueblo de aluvión, crecido a golpes migratorios durante los años 60.
A finales de los 90, la planta de palas surgió como una alternativa más de empleo para muchos de los nacidos entre los 60 y los 70. La fábrica, entonces Fiberblade, contó desde el comienzo con abundante empleo femenino y en ella cuajaron nuevas parejas. "Cuando se pasan ocho horas juntos en el mismo turno, lo lógico es que pueda prender algo... En el pueblo, de hecho, a la planta se le llamaba en broma Fiberlove", recuerda Iosu Huegun. Hoy es el futuro de los hijos de estas parejas el que preocupa a una plantilla joven, con 26 reducciones de maternidad y 14 bajas entre lactancias y embarazo. Los trabajadores barajaron llevar consigo a sus hijos pequeños a la marcha de ayer por Zamudio, pero finalmente desistieron. Lo explica Maite Imaz, con once años de presencia en la empresa. "Tampoco es cuestión de que ellos lo pasen mal. El mío tiene siete años y ya me pregunta: "Mamá, ¿para qué vas a trabajar si van a cerrar la planta?".
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