NOS sorprendió el domingo DIARIO DE NOTICIAS con un interesante artículo sobre la situación de las bibliotecas públicas de Navarra. Su lectura me ha hecho recordar mis inicios como usuario de la biblioteca, cuando se encontraba en el mismo Palacio de la Diputación donde, más tarde, se instalaría el salón de plenos del Parlamento Foral. En aquella coqueta biblioteca, por lo menos, cuando llegué a ser usuario, había empujones para entrar y poco sitio. Pronto se instaló una nueva en la plaza de San Francisco.
Esta nueva instalación era usada, sobre todo, por los alumnos de Empresariales y Magisterio y algunos de los últimos años de Bachillerato. Se utilizaba principalmente para ir a estudiar. Eran los años finales de un régimen y el ambiente social en la ciudad estaba muy movido. Al terminar de estudiar, nunca sabías con qué te podías encontrar y muchas veces era necesario correr para poder abandonar el Casco Viejo. Los que iban detrás no eran los toros sanfermineros sino unos señores vestidos de gris con muchas ganas de dejar su recuerdo en las espaldas de quien tuvieran delante.
Desde luego que estas bibliotecas no tienen nada que ver con las modernas que se han ido abriendo, sobre todo, en estos últimos años, con zonas para los niños, otras para leer la prensa, con ordenadores e internet y una sensación de que los libros están al alcance de la mano. Además, los libros ahora se pueden llevar a casa. Sin embargo, hay que recordar que aquella biblioteca de la plaza de San Francisco, que a los de mi generación nos tocó estrenar, hace tiempo que se quedó obsoleta y se decidió la construcción de una nueva.
Esta apuesta cultural de nuestros gobernantes como otras cosas de palacio va despacio. Así, la culta derecha que gobierna ha dejado construir unos grandes almacenes en el solar que se pedía para la biblioteca, ha agujereado toda la ciudad y no ha sido capaz de construir un edificio digno del nombre de Biblioteca General de Navarra, seguramente porque en este tiempo ha estado aprendiendo a decir cateto e hipotenusa en vascuence . Casi es mejor así. Hubiera sido muy triste que el artículo hubiera dicho que la nueva biblioteca estaba cerrada porque el personal temporal había pedido permiso para estudiar y no había planes para la sustitución de los sustitutos.
En el fondo es que a nuestros gobernantes, a pesar de que el de Cultura va por la vida de médico humanista e incluso ha publicado algún libro, les importa muy poco la cultura, la de verdad, la de todos los días. Eso sí, no tienen ningún reparo en preparar exposiciones de tres millones de euros que nadie sabe para qué sirven, quizá sólo para devolver favores nombrando comisarios políticos. Por lo que se ve, al contrario que Roma, UPN sí paga a los tránsfugas.
Al final, alguno de estos siglos podremos disfrutar de una nueva biblioteca e incluso toda la red estará atendida por personal fijo, aunque antes nos gastemos el dinero de todos los navarros en llevar cuatro profesores a Tudela y decir que ya hay universidad en la Ribera. Espero que la próxima no sea crear la cátedra de la jota navarra. La derecha siempre le ha tenido miedo a la cultura, a una sociedad culta y libre y por eso no son de extrañar las frases con que nos deleitan nuestro presidente o su director de Política Lingüística, sobre las que ya se han pronunciado casi todos los colaboradores, por lo que no es preciso volver a recordarlas.
Seguramente tiene razón Juan José Millás cuando afirma que lo más revolucionario que hay actualmente es un joven de 18 años leyendo Madame Bovary y probablemente por eso nuestros dirigentes prefieren el botellón, las vacas y las jotas a las bibliotecas, incluso había un ilustre alcalde de UPN que se preciaba de no tener tiempo para perderlo leyendo libros. Así nos va.
Fernando Aguirre Martínez