pamplona. Responde, y hace literatura con cada frase. Escritor y gestor cultural, Ramón Pernas ha crecido con los libros. A ellos llegó en su juventud a través de su padre y su abuelo, y ellos son hoy su devoción, su profesión y uno de sus mayores placeres. Ellos le regalan vida y, a cambio, o precisamente por ese don, él les dedica todo su tiempo libre, sus "recreos".
Habló en su charla de ayer de la capacidad sanadora de los libros como remedio del odio. ¿En qué sentido les atribuye este don?
En el sentido de que nos hacen mejores personas, más tolerantes y solidarios, unos ciudadanos honestos. Además, los libros proporcionan todos los placeres esenciales. En los libros está todo. Porque, y aunque suene a eslogan, somos lo que leemos. Y por lo tanto, leer es vivir.
Usted en concreto, ¿qué ha leído que haya configurado su forma de ser y de escribir?
Yo me he educado canónicamente, es decir, mi abuelo y mi padre eran lectores metódicos, y yo he leído con método. Cuando era joven, a Salgari, Stevenson... los grandes. Luego me pasé a la literatura europea, la novela francesa y rusa del siglo XIX. Leí a Mann, a Proust, y otros muchos que forman mi particular parnaso literario. Sin olvidar a los grandes autores españoles del XIX y principios del XX, desde Baroja y Valle hasta Cela y Torrente Ballester.
¿Y de su tierra, Galicia?
Me detuve en Cunqueiro, Pedrayo y Blanco Amor, y de ese barro originario fui moldeando mi personalidad como lector y también como escritor, porque yo creo que escribir es leer y leer es escribir.
¿Escribe por necesidad?
Sí, para mí escribir es como respirar, como comer, como reírme. No vivo de lo que escribo, pero sí muy próximo a lo que escribo. Soy gestor cultural y estoy imbuido en una endogamia cultural intensiva.
¿Eso favorece una mayor productividad a la hora de hacer literatura?
No, yo trabajo mucho en lo cotidiano y escribir es mi recreo. Escribo todos los días, a veces sin escribir, es decir, en un ordenador virtual que tengo en la cabeza. La tengo llena de pájaros que quieren salir, y salen cuando ellos quieren. También tengo unas excelentes relaciones con mis personajes; viajan en mi mismo taxi, comen en mi misma mesa, negocian conmigo temas laborales... Ellos escriben mis novelas. Es una especie de paranoia permanente pero apacible.
¿Qué personajes le han acompañado en su última novela, 'Del viento y la memoria'?
En esta obra el compañero es la memoria, un personaje fundamental en mi narrativa. La memoria de un tiempo y de un país, de unos sucesos que no quiero que vuelvan a repetirse. La memoria como antídoto contra amnesias dictadas por otras personas. Con esta novela, lo que pretendo es el abrazo cordial entre vencedores y vencidos, entre los asesinos y las víctimas. Mi mensaje final es de reconciliación del futuro con el pasado.
Y el viento, ¿qué le evoca?
Los que somos de la orilla de la mar, sabemos que el viento es un mensajero que nos trae historias de naufragios, de personajes mágicos que vienen con las mareas, nos trae el sonido de las campanas que tocan el ángelus como arrebato o incendio, como en este libro... El viento es una presencia permanente. Me gustaría escribir un catálogo de vientos, como el que meció el cadáver de Judas en la higuera, los vientos que tienen nombres de personas o los que se enredan en las plazas mayores de los pueblos... Algún día lo haré.
También aparece en el libro un periodista-narrador al que ha llamado Román Perlas. ¿Tiene algo de usted?
Sí, el oficio, la pasión por leer y la memoria de pueblo. El pueblo en mi narrativa es un referente. Aunque aquí es innominado, no tiene nombre ni territorio, es un trasunto de Viveiro, donde nací, en la costa de Lugo.
En su libro, cinco falangistas queman una biblioteca y sólo se salvan los ejemplares del 'Quijote', la 'Ilíada', 'Las Metamorfosis' de Ovidio y 'El Contrato Social' de Rousseau. ¿Son los que usted salvaría en una situación así?
Yo salvaría muchos más. Cualquier libro que estuviera al alcance de mi mano, porque eso reiniciaría una nueva civilización. Los que cito los he elegido porque han hecho cambiar a la humanidad, han modificado pautas y comportamientos.
En la novela, los libros se rebelan y cambian la vida de los pirómanos.
Sí, excepto la de uno. No hay quinto libro porque el quinto incendiario era tan cruel que no había ninguno que pudiera redimirlo.
¿Con eso viene a decir que no todo el mundo tiene un fondo bueno?
Claro, si no, la Tierra sería el paraíso, un universo de ciudadanos estupendos, esencialmente buenos y seráficos. Y no es así.
Hoy en día, ¿cuál cree que es el mayor mal contra el que tendría que ser antídoto la literatura?
La guerra, la violencia, las agresiones cotidianas. Estoy convencido de que contra todo eso, los libros son antídotos terapéuticos. Porque generan en el individuo capacidad crítica para distinguir los engaños de las verdades, las mentiras de las realidades, la paja del trigo.
¿Es ésta también su finalidad como escritor, sanar?
Como escritor persigo entretener. Mantenerme fiel a lo que creo y no hacer literatura light . No hablar de templarios ni de santos griales.
¿Qué considera literatura 'light'?
Aquella literatura primaria, falsa, como los ejemplares de autoayuda, los supuestos libros históricos... La literatura que no es literatura.
¿Cuál reivindica usted? ¿O qué autores?
En España, Luis Mateo Díez, Almudena Grandes, Javier Marías, Eugenia Rico... Son autores contemporáneos que están próximos a mi concepto. Los que hacen literatura no contingente, no de choque inmediato, literatura que se queda prendida en la memoria y en los anaqueles de las bibliotecas; que pasa de generación a generación, que perdura y permanece. Literatura contra el olvido.
¿Trabaja ya en una próxima novela?
Acabo de cerrar las de la Guerra Civil, que inicié con Paso a dos, y ahora quiero contar novelas próximas al tiempo de la Transición Española como marco referencial, pero novelas de amor. Creo que últimamente el amor tiene poca gente que le escriba, y quiero enmarcarlo en un momento cercano en la historia de nuestro país.