Ha sido un raro privilegio contar durante todos estos años con un hombre de la espontaneidad y campechanía de Miguel Sanz al frente de los designios del Reyno . Del Viejo Reyno que ha vuelto con aires imperiales, como un destino en lo universal, cuando el sol parece ponerse en los dominios de nuestro insigne presidente. Quién puede dudar de que el difunto Rafael Aizpún tuvo ojo clínico al reparar en él como guardián del fuego sagrado de un navarrismo acérrimo que rebasa las fronteras del chato regionalismo y se proyecta en lo universal: en los remotos y muy diversos rincones del universo mundo visitados animosamente por este paladín de nuestras esencias, nuestra huerta y nuestro buen temple.
Este hombre, como bien supo ver su predecesor en la Presidencia de un partido que, más que un partido, es una obstinada manera de estar en el más pequeño y más grandioso lugar del mundo; este hombre, que por su concepción del Reyno -esa concepción por la que se da por supuesto que si el Reyno peligra, El Rey, Dios o la Historia vendrán a socorrernos- ha convertido la política en todo un régimen o sistema privativo: se está con el Reyno o contra él, se está con el único Gobierno que puede representar dignamente nuestras inalienables esencias o con el caos que vendría caso de caer el Gobierno; este hombre, digo, como bien vio Aizpún, reúne todas las cualidades para ser otro Amadeo Marco u otro Aizpún, y además sin el acartonamiento de éste último: con una espontaneidad y campechanía que ni la de Alfredo Landa en los momentos álgidos de su gloriosa y muy moderna era. Landa ha recibido en el Reyno durante los mandatos de Sanz todos los agasajos que cabía esperar de un Gobierno a su altura -ése que ha convertido las universidades de verano en las de Valdano-. Y el Gobierno Sanz, por lo demás, recientemente con su manifestación gubernamental -más contra el caos que vendría caso de ser Sanz apeado del Gobierno que a favor de las esencias forales-, ha alcanzado unas cumbres de amadeísmo que Aizpún no se hubiera atrevido a soñar.
Los desplazamientos rápidos por una red viaria llamada a ser, como en tiempos de don Amadeo, el asombro del universo, han sido una prioridad de su política, si bien la velocidad de nuestra asistencia sanitaria ha decrecido hasta quedar a la altura de la de Melilla. Pero, al navarro orgulloso de serlo, ¿qué mal le mata? Sanz es el representante máximo de ese espontáneo orgullo navarro que, encomendándose al santo patrón -con tantos fastos celebrado en su quinto centenario-, confía en que retendrá entre nosotros a las multinacionales a golpe de campechanía. Es el insustituible hombre de los fastos forales al que, el siglo en que pierda el Gobierno, habrá que poner unas FAES locales.