A modernidad define, en términos sociales e históricos, la transformación de la sociedad preindustrial, el espacio rural tradicional, a la sociedad industrial y urbana moderna. Y es difícil no tener esta definición en la cabeza al observar la actual Rochapea desde el mirador del nuevo ascensor de Descalzos en la foto de Javier Bergasa que publicó ayer DIARIO DE NOTICIAS. En términos sociales e históricos, la Rochapea ha pasado de ser un barrio ferroviario y de producción agraria -hasta el 75% de su superficie llegó a ser huertas- y ganadero -aún permanecen cercanas en la memoria las caballerizas que recorrían las calles y las callejas adosadas a las casas-, a una zona residencial moderna. La modernidad se llevó el martes las últimas huertas de la Rochapea. Así terminaba la tradición agrícola y hortelana de este barrio en el que ya se plantaban lechugas hace 1.000 años. Es, sin duda, una pérdida. La misma modernidad inaugura hoy el nuevo ascensor que conectará en apenas un minuto la Rochapea y el Casco Viejo por la calle Descalzos, que dejará de ser ese muro final sin salida para recuperarse como espacio de tránsito ciudadano. Es, sin duda, un avance. Aunque la cuesta de Santo Domingo perderá ese encanto de gentes jóvenes subiendo a Pamplona o bajando a la Rotxa , de jubilados de vuelta de la partida o camino de ella, de amatxis tirando calle arriba del carro de la compra hacia el mercado, allí donde iban a parar las lechugas de las huertas de la Rochapea, ahora desaparecidas. La modernidad cambia las costumbres, y también azuza la melancolía de lo vivido y disfrutado. ¿O esto es ya la posmodernidad?