RECITAL DE VIOLíN Y PIANo Intérpretes: Tedi Papavrami, violín. Philippe Bianconi, piano. Obras: Concierto de ciclo de la Sociedad Filarmónica con piezas de Beethoven, Brahms y Sarasate. Lugar y fecha: Auditorio Baluarte. Lunes, 7 de abril de 2008. Casi lleno.
POR teobaldos
No es fácil conseguir que un violinista solvente dedique toda la segunda parte de su recital al músico pamplonés. Papavrami lo hizo, y con gusto. Fue premio Sarasate, adora su música y se plantó en el escenario, ante tan comprometida obra, con la lección bien aprendida, tocando sin partitura, con la concentración y la tensión que el virtuosismo requiere; pero con el placer de doblegar la dificultad y de transmitir la vitalidad y alegría de las más conocidas partituras de don Pablo.
Comenzó el concierto con la Sonata para violín y piano número tres de Beethoven. Aunque en esta sonata el piano tiene un inusual protagonismo, hubo cierta desproporción de volumen a su favor, en relación con el violín. Excelente el pianista Bianconi. Mucho mejor y más equilibrados los dos instrumentistas en la Sonata número tres de Brahms. Papavrami demostró energía y fuerza a raudales, además de una afinación perfecta. Ambos obtuvieron esa dimensión brahmsiana de la música; de amplitud y sonoridad que desde el violín y piano solos aún se agranda más. El vibrato del violinista -bien dosificado- arranca toda la inspiración y riqueza soberanamente derramada sobre un lirismo sin trabas, sobre una partitura pujante y brillante como pocas. En el adagio el violín es ferviente, muy expresivo, perfectamente envuelto por los amplios acordes del piano.
Pero la tarde era de Sarasate y, por lo tanto, más del violinista. Papavrami pasó sus dedos por el Zapateado , la Habanera , la Romanza andaluza , la Introducción y Tarantela , el Capricho vasco y los Aires bohemios con absoluta autoridad y haciendo unas versiones, en ocasiones, vertiginosas. Es evidente que para acercarse a Sarasate la solvencia técnica debe ser absoluta, pero también hay que controlar la velocidad. A menudo se acelera el tempo para abrillantar aún más el virtuosismo, pero algunos ritmos se resienten; por ejemplo, en el Capricho vasco suele suceder esto. Por mucho que todo esté al servicio del instrumento, al fondo está la danza, el baile, y, a veces, no se puede evitar esa sensación de sofoco.
Papavrami estuvo magnífico en la afinación y claridad de las partituras. Y también insistió en acelerar algunos tramos; pero cuando Sarasate se remansa es una maravilla, y Papavrami bordó Aires bohemios por ejemplo; sacando al violín un sonido largo, profundo, melancólico, cálido. Y los pasajes rápidos con el esplendor de la destreza que aquí está al servicio del contraste. La gracia está en esos parones, en esos plantes en el devenir vertiginoso del sonido, para calmarse en los temas más lentos. Papavrami se luce en las variaciones; muy limpias hasta en el pizzicato , y demuestra -como muy bien señala el presidente de la Filarmónica en las notas al programa- un poderío violinístico absoluto, no sólo intelectual, sino también físico.
Repetidas salidas y grandes ovaciones agradecieron el recital. Con una propina -La Meditación de Thäis - muy francesa; a fin de cuentas Don Pablo siempre tenía un pie en Francia.