E cumplen los doscientos años de esta fecha que fue en su día fiesta nacional y hoy excusa para un puente en la Comunidad de Madrid. Por lo del número redondo un aniversario propicio para conmemorar; más dudoso me parece que para celebrar.
Aquella revuelta contra las tropas francesas iniciada el 2 de mayo de 1808 no trajo nada bueno. Por mucho que años más tarde, en una época del inflamado nacionalismo que había prendido por toda Europa, se bautizara como Guerra de la Independencia a lo que empezó ese día, y todavía algunos la vean como ejemplo de gesta patriótica y hasta elemento esencial en el nacimiento de la conciencia nacional, me da que fue sólo una tragedia más. Como todas las guerras fue una guerra civil, un enfrentamiento cruel que provocó mucho sufrimiento.
Pero prescindiendo de los desastres de la guerra que motivaron a Goya, olvido que nosotros nos podemos permitir gracias al tiempo transcurrido, pocos frutos políticos o históricos hubo de los que podamos alegrarnos. Suponer que gracias a la guerra se aseguró la soberanía e independencia de España, que aquello fue sobre todo una guerra contra los franceses para defender la patria, no pasa de constituir una fábula. España llevaba más de un siglo de feliz subordinación a la política francesa gracias a los pactos de familia de los Borbones. Y poquitos años después, en 1823, la población recibió alborozada otra invasión francesa, la de los Cien Mil Hijos de San Luis que con el duque de Angulema al frente venían a restaurar el absolutismo, y que se dieron un tranquilo paseo militar hasta Madrid y Cádiz sin encontrar apenas resistencia.
Las invocaciones patrióticas, como casi siempre y como en todas partes, ocultan otros intereses. Qué mejor ejemplo, ya que acabo de mencionar cómo acabó el Trienio Liberal, que la independencia de México que se produjo justo entonces, en 1821, cuando las tropas realistas bajo el mando de Itúrbide que combatían a los independentistas mexicanos de pronto y sorprendentemente se unieron al enemigo. Habían decidido que preferían un México independiente y absolutista (con Agustín I de emperador) a una monarquía española unida y liberal. Porque al final de eso se trataba. O mantener el Antiguo Régimen y el absolutismo, o acabar con él bajo las ideas de la Revolución Francesa que aún descafeinadas venían con las tropas de Napoleón.
Durante un tiempo pudo mantenerse el malentendido en que suele basarse todo mito nacional; dicho en expresión orteguiana, que todos los hijos de la misma patria compartían un proyecto de vida en común. La nación levantada en armas contra el invasor y demás fantasías patrias. Cuando gracias a la ayuda de los ingleses los franceses salieron huyendo las cosas volvieron a su cauce. Fernando VII (uno de los peores reyes que hemos padecido en este país, y eso que el nivel no estaba muy alto) restauró el absolutismo, liquidó la Constitución de Cádiz y jaleado por el pueblo con el ¡vivan las cadenas! persiguió con saña a los liberales acusados de antipatriotas y afrancesados, como si el absolutismo y la reacción no estuviera igualmente bajo influencia ideológica francesa, como si quienes más firmemente habían contagiado el espíritu antirrevolucionario no fueran nobles y clérigos franceses huidos de la Revolución. Volvió el oscurantismo y se pusieron las bases para un siglo de guerras civiles, para la historia de las dos Españas y para el atraso social, económico y político que nos ha durado hasta anteayer mismo.
A riesgo de ser tachado de afrancesado, y qué, diré que probablemente nos hubiera ido mejor si la guerra la hubiera ganado Napoleón, y no la pandilla de benefactores de la humanidad que se repartieron Europa en el Congreso de Viena (Luis XVIII de Francia, Alejandro I de Rusia, Francisco I de Austria, Federico Guillermo de Prusia, Jorge III de Inglaterra y demás). La dinastía Bonaparte no hubiera sido peor que la dinastía Borbón, Pepe Botella no hubiera podido superar en lo malo a Fernando VII. Y posiblemente hubiera constituido una monarquía más breve y hubiera sido sucedida mucho antes por una república democrática.
En cuanto a Navarra, aquélla fue una oportunidad perdida para prosperar. En los planes de Napoleón estaba añadir a Francia todos los territorios al norte del Ebro. Si hubiera ganado la guerra a lo mejor ahora seríamos franceses. Hubiéramos sacado al resto de la Península una ventaja de muchos lustros en cuanto a llegar a la democracia, al laicismo/laicidad (táchese lo que no interese), a la alfabetización, al cine, a la Comunidad Europea y a tantas otras cosas. Incluso hablaríamos francés de verdad y no ese torpe chapurreo con el que tantas generaciones hemos salido del bachillerato. Eso sí, alguna pega habría que soportar, como tener de presidente a Nicolas Sarkozy. Nada es perfecto.
(*) Miembro del Foro Iruña