ARA puentes, los de China. Acaban de abrir al tráfico uno de 36 kilómetros (la distancia que separa Pamplona de Tafalla, según Vía Michelín) que vuela sobre el mar de costa a costa. Un prodigio de la ingeniería que desafía a corrientes, mareas y tifones. Una autopista ultramarina por la que diariamente circularán unos 40.000 vehículos. Podían haber apostado por una nueva generación de ferrys o de transbordadores, pero, puestos a contaminar, a los dirigentes chinos les da lo mismo que Pekín tenga una atmósfera irrespirable o que su fauna marina acabe bañada entre el aceite que desprendan los coches. Es el progreso, dirán. El progreso también es bienestar y calidad de vida. Vía Michelín informa de que la distancia entre Madrid y Alicante es de unos 420 kilómetros. Miles de turismos transitarán durante estos días entre las dos ciudades aprovechando un puente tendido entre dos festivos. Las retenciones allí y en otros puntos de la costa mediterránea llamaban ayer la atención, no tanto por los atascos y el derroche de carburante, sino porque todo este despliegue tiene lugar en un momento en el que todos los indicadores hablan de la crisis presente y de la depresión inminente. Crisis, ¿qué crisis? En la madrugada del pasado sábado las terrazas de la plaza del Castillo estaban repletas y los bares aledaños igual de abarrotados que en las horas del atardecer. A mí me da que la crisis la pagan siempre los mismos: los que ajustan el gasto en gasolina, los que no salen de copas y los que no van de puente. ¿Y los chinos? Los chinos, creciendo tecnológicamente y frotándose las manos.