N tiempos de zozobra para la imagen de la Justicia, entre tanto fallo ininteligible y unos retrasos a menudo vergonzantes en la resolución de los asuntos -con el agravante de que deparan la prescripción de delitos sangrantes-, reconforta la lectura de sendos autos de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Navarra contra la pretensión de más de un centenar de padres de que, mientras se tramita y falla el recurso presentado contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, se suspenda la obligatoriedad de cursar en la Comunidad Foral dicha materia. Y reconforta porque tales resoluciones están impregnadas de sentido común en cada uno de sus folios. Dos son los argumentos básicos que sustentan la desestimación de la medida cautelar solicitada. El primero, que ha de prevalecer el interés público de que todos los jóvenes sean educados conforme a los parámetros establecidos en una "ley formal" que, por lo demás, establece expresamente la obligatoriedad de cursar la asignatura. Y, por añadidura, que, de mediar primero la suspensión cautelar y luego el recurso no prosperara, los alumnos privados de la parte de la materia impartida deberían no obstante responder de toda ella ante sus profesores. Sin embargo, sigue sorprendiendo la objeción de conciencia que abanderan estos progenitores contra una asignatura que pregona los Derechos Humanos y los valores cívicos, especialmente la convivencia, la tolerancia y el pluralismo, además de contribuir al conocimiento del entramado institucional por parte del alumnado. Y más cuando los centros educativos tienen la facultad de elegir el material que consideren más oportuno y cuando los inspectores de Educación -por descontado, también en Navarra- velan por la correcta enseñanza de todas las materias, por que no concurra ese adoctrinamiento que, en mayor o menor graduación, estos padres dan por seguro (lo que evidencia una profunda desconfianza en el cuerpo docente). Así, no es de extrañar que gran parte de la ciudadanía recele de unas actitudes pretendidamente abanderadas de la libertad de elección pero que emanan un profundo aroma a sectarismo, además de un paternalismo más propio de la mismísima jerarquía eclesiástica.