hay equipos de fútbol que siempre tienen que estar demostrando algo: que gozan de solvencia económica a pesar de su corta masa social y crítica; que sus cualidades deportivas alcanzan más allá de la fuerza de sus músculos y de la entereza de su carácter; que su comportamiento es intachable dentro y fuera del rectángulo de juego; que saben soportar los errores de bulto que sólo ellos y nadie más que ellos padecen; que sus grandes conquistas deportivas son sólo de consumo doméstico, mientras que las del resto, aun de menor relevancia, gozan de un eco exagerado; y que, en fin, como nadie les ha regalado nunca nada saben arreglar sus problemas por sí mismos. Es el caso de nuestro Osasuna. El club navarro llega al final de la Liga sometido a todo tipo de presiones. Por un lado, las propias de la competición, en la que el equipo no ha acertado a solventar en el campo sus problemas en la clasificación; por otro, las derivadas de un encadenamiento de errores arbitrales que han llamado la atención del mundo del fútbol tanto por su reiteración como por las graves interpretaciones realizadas por los colegiados en acciones inocuas. Finalmente, Osasuna vuelve a soportar una vez más por parte de algunos medios de comunicación la demonización asociada a todos sus enfrentamientos con el Real Madrid en Pamplona. Los disparates que se difunden son de tal calibre que el partido, al menos en este siglo, es más caliente en las vísperas que durante su disputa. Osasuna arrastra el sambenito de los acalorados duelos de la década de los ochenta, en los que si en Pamplona pesaba la atmósfera del momento político, no tenía menor relevancia para los aficionados rojillos el hecho contrastado de que año a año su equipo era burlado en el Santiago Bernabéu, tanto por los árbitros como por algunos grupúsculos radicales. Al parecer, esa historia pesa aún más que la normalidad de los últimos años, en la que no ha habido nada más que un partido de fútbol y que si alguna vez dieron que hablar extradeportivamente estos choques fue más por la caza del hincha rojillo por parte de grupos ultras (plasmada en libro y documental) que por sucesos acaecidos en Pamplona, que no los hubo. Éste es el escenario en el que se juega el partido de hoy. A Osasuna y a su afición, como siempre, les toca demostrar lo que son y lo que valen: jugar su partido sin esperar que les regalen nada.