ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA Director: Antoni Wit. Violín: Vadim Gluzman. Obras de: Lutowslaski, Szymanowski, Wieniawski y Shostakovich. Ciclo de la orquesta. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 8 de mayo de 2008. Aforo: Casi lleno.
POR teobaldos
DOS grandes músicos se pusieron al frente de la sinfónica de Navarra. El violinista Vadim Gluzman, que desentrañó con exuberante sonido el concierto para violín de Szymanowsky. Y, principalmente, el director Antoni Wit, que hizo una versión de la primera sinfonía de Shostakovich de esas que quedarán en el recuerdo. Estamos ante el estado de gracia del director de orquesta: la que aúna un entusiasmo juvenil no perdido a su ya avanzada edad, con una inmensa sabiduría acumulada durante años, que parte del magisterio nada menos que de Penderecky y Nadia Boulanger, la gran hacedora de músicos del siglo XX. Había cierto temor, entre los abonados, a tanta consonante wsk en el programa de mano. Músicos desconocidos o poco transitados. Pero, lo cierto es que las obras elegidas resultaron muy audibles y gustaron al respetable. Se agradece la coherencia de un programa ceñido a determinados ámbitos culturales, geográficos en este caso Polonia y temporales. Comenzó el concierto con la pequeña suite de Lutowslaski, ocupada por el ambiente folklórico de la región de Cracovia, lugar de nacimiento del director de la velada y, sin duda una obra entrañable para él. La dirigió con brío, de memoria, con fragor, obteniendo de la orquesta una respuesta correcta, quizás no a la altura de su entusiasmo. Curiosamente, por esas cosas de las programaciones, en la misma semana hemos escuchado dos obras de Szymanowski, el compositor polaco interpretado también por el pianista Zimerman. Aquí Vadim Gluzman nos interpretó un rotundo y vibrante concierto para violín y orquesta número dos. Es una obra en la que el violín se enseñorea del sonido y no da respiro al intérprete en toda su ejecución. Tiene una cadencia a sólo exhausta, y se complica con virtuosismo y dobles cuerdas a cada paso. Versión muy viva, muy sonora del intérprete, que toca un Stradivarius de bello y amplio sonido que sobresale por encima de la orquesta. Período folklorista del compositor, el concierto arrima al violín solista una orquestación que da importancia al piano muy bien solucionado, en esta ocasión, por Pedro José Rodríguez Larrañaga. Casi a modo de propina, cerró la primera parte una dulzona y melodiosa obra del Sarasate polaco del siglo XIX, Wieniawski, virtuoso del violín que compuso esta especie de romanza sin palabras a su esposa y que Gluzman interpretó con el remanso y serenidad de un acogedor sonido. Con la primera sinfonía de Shostakovich disfrutamos de una dirección magistral. El maestro Wit dirige de memoria una partitura que disecciona con autoridad y clarividencia. Es una dirección a favor de los músicos porque consigue sacar de ellos lo mejor. Tempo asentado, sin prisas, donde se oye todo. Y brillo, incluso violencia, en los pasajes en los que los metales irrumpen, sobre todo en el último movimiento. Excelentes intervenciones solistas: flauta, oboe, piano, trompeta, percusión, metales. Se consigue que la orquesta entera se implique en cada gesto del director, y se crean contrastes desde los fuertes y pianos súbitos; tensiones desde las disonancias; dramatismo desde el misterio aquí la cuerda muy bien empastada. Agradecieron los propios músicos la versión del maestro. Y el público aplaudió a rabiar. Por cierto escucho en el telediario que, debido a esta corrección que nos invade, los músicos de las orquestas van a tener que usar tapones en los oídos por el exceso de decibelios. Así que, ojo a los metales, no desmadrarse. Si Mahler levantara la cabeza.