OMO suele ocurrir con frecuencia, personajes de la política vasca encumbrados y ovacionados por los poderes mediáticos de Madrid no alcanzan en este país tal nivel de consideración. María San Gil es un claro ejemplo de este desajuste. En plena estrategia de utilización del terrorismo como arma electoral, fue encumbrada por Jaime Mayor Oreja por su condición de secretaria del concejal del PP en San Sebastián asesinado por ETA, Gregorio Ordóñez, convirtiéndose con otro político mediocre, Carlos Iturgaiz, en adalides de las víctimas del terrorismo y en azote del nacionalismo cómplice . Todo ello muy de acuerdo con las líneas trazadas por el ala más dura de un PP liderado por José Mª Aznar que preveía un futuro atado y bien atado en el poder, en base a la manipulación de las víctimas, el terrorismo como pretexto, la confrontación crispada como atmósfera política y los nacionalismos periféricos como epidemia a fumigar fomentando el interesado enfrentamiento territorial. La actuación pública de San Gil como presidenta del PP vasco, a imagen y semejanza de su padrino Mayor Oreja, ha sido un fustigar monocorde a las instituciones vascas, un continuo reproche en el que no han faltado el desparpajo y el menosprecio. María San Gil ha seguido los pasos de Zaplana y Acebes a la hora de darle el portazo al confuso presidente Mariano Rajoy, saltando del barco que para ellos y para su medro personal ya está hundido. El que la presidenta del PP vasco haya protagonizado la espantá "por diferencias de criterio fundamentales" en la ponencia política que se presentará en el próximo congreso del partido hace temer que su máxima dirigente en la CAV no está dispuesta a moverse un milímetro hacia otro lado que no sea la estrategia aznarista. Se confirma así la pervivencia de la estrategia del PP para este país, que no está dispuesto a reconsiderar sus nulas relaciones con el nacionalismo, que mantiene la crispación como arma política y que prefiere optar por el sector más duro de la derecha extremista, que busca un líder más inflexible que Rajoy para que nada cambie. Y vale recordar que en esa estrategia ha contado siempre con la compañía y aplauso de UPN, cuyo silencio actual tiene que ver más con la necesidad de no molestar al PSOE que le mantiene en el poder que con un distanciamiento real de los principios extremistas que han compartido felices con San Gil y demás adalides aznaristas.