OS centenares de vecinos de Legutiano que vieron interrumpido su sueño a las tres de la madrugada de ayer no olvidarán fácilmente el terror del estallido. Por supuesto, las familias de los guardias civiles que han tenido que ser evacuadas de la ruina del cuartel llevarán de por vida el recuerdo de la angustia vivida. Los allegados del guardia asesinado, Juan Manuel Piñuel, soportarán para siempre la losa del luto injusto por el hijo, esposo y padre que se llevó la metralla enloquecida de unos falsos salvapatrias . Un atentado que retrotrae al oscuro pasado de las masacres terroristas de los años 80 y reabre las frustraciones de Argel, Lizarra y Loiola. Ayer, como era de esperar, llovieron las condenas desde todas las instancias oficiales, viajaron las autoridades ante el cuerpo presente y las oficinas de prensa de los políticos redactaron las repulsas habituales. Es necesario condenar, o rechazar, o demostrar absoluta disconformidad con la utilización de la violencia que hace ETA para imponer su proyecto totalitario minoritario al conjunto de la sociedad de este país. Para quienes representan en las instituciones a la voluntad popular es una obligación ética pronunciarse contra el asesinato, la extorsión y el terror como procedimiento político. Pero la condena no basta, es necesario buscar el diálogo político hacia el acuerdo entre todos los partidos democráticos, que aún hoy, está demostrado, no se ponen de acuerdo. Y el Parlamento de Navarra fue ayer, en este sentido, un nuevo ejemplo. La Cámara foral aprobó con la abstención de NaBai una propuesta de UPN, distinta en la intencionalidad política a la aprobada en el Congreso de los Diputados con apoyo de Uxue Barkos. Y a su vez, NaBai presentó el texto aprobado en el Parlamento de Vitoria -PP y PSE incluidos-, que contó con el voto de IU, la abstención de PSN y CDN y el único rechazo de UPN. La sociedad es la que está sufriendo en sus carnes el empeño en impedir cualquier salida basada en la democracia y la libertad. Es hora ya de que los ciudadanos puedan pronunciarse para exigir a ETA que deje en paz a este pueblo, que su quimera de tutelaje mesiánico no tiene recorrido. Es hora, también, de que la ciudadanía exija a sus políticos que lleguen a un acuerdo para que dejando a un lado sus diferencias partidistas interesadas acuerden unas bases de convivencia normalizada comunes. Para que el hartazgo social no se imponga a los derechos ciudadanos.