orquesta filarmónica de montecarlo Director: Lawrence Foster. Solista: Jean Yves Thibaudet, piano. Programa: Obras de C. Franck, C. Saint-Saëns, C. Debussy y A. Roussel. Programación: Último concierto del ciclo de la Sociedad Filarmónica de Pamplona. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 12 de mayo de 2008. Público: Casi lleno.
POR teobaldos
SIN duda, el programa tan francés elegido por la Orquesta de Montecarlo para su gira corrobora a la formación como una orquesta francesa más. La agrupación monegasca se presenta nutrida de efectivos, exuberante de sonido, intentando más asentarse en la fortaleza que en la delicadeza. No resulta una orquesta extraordinaria, pero sí brillante y eficaz. La dirección de Foster corrobora esa línea. La musicalidad del pianista Thibaudet está por encima. De ahí que, a mi juicio, la mejor interpretación de la tarde vino del planteamiento y resultado del concierto de Saint-Saens.
El concierto para piano y orquesta opus 103 de Saint-Saëns fue un baño balsámico de bellas melodías, evocaciones orientales y pianismo amable -también de virtuosismo- muy bien interpretado por Thibaudet, que tiene una sensibilidad pianística especialmente sensual para esta obra. Con un virtuosismo de técnica fresca y ágil, el pianista francés tejió un sonido cálido, ensoñador, sutil en la aparente superficialidad, lleno de lirismo. Esta partitura en otras manos es mucho más anodina. Le sacó un gran partido. La orquesta acompañó bien. El pianista, con su elegancia, y su cariño hacia la obra, supo llegar al público, que le aplaudió con ganas, y al que correspondió con una muy bella propina de Schuman.
De Lawren Foster tengo el recuerdo de una muy teatral y casi abrumadora versión del Réquiem de Verdi; en aquella ocasión, desde el escenario junto al Orfeón Donostiarra. Recuerdo su amabilidad en los ensayos, y también la insistencia en el fuerte. Fue la tónica de la tarde en las muy tormentosas obras elegidas. El Cazador Maldito de César Franck resultó un tanto atronador. Bien es verdad que la narración exige malditismo también en el sonido. El Mar de Debussy -que era el plato fuerte para la orquesta- también, a mi juicio, resultó un tanto tumultuoso. Ciertamente, la versión planteada por Foster tuvo coherencia y la orquesta respondía al gesto de la batuta, pero creo que lo fundamental de esta obra son los reflejos cromáticos, la sutileza del mar en calma. Foster anima más lo bravío, lo espectacular. Y así resultó la versión. El Baco y Ariadne de Roussel, fue el delirio orquestal, el entretenimiento de la orquestación rica con hallazgos rítmicos al servicio de una narración donde el ambiente de bacanal y sobre todo la danza, son protagonistas. Vital, extravertida, fogosa la dirección. Y respuesta muy plausible de la orquesta, con sus intervenciones solistas bien resueltas.
Fue una tarde de gusto francés; en la que los aficionados hicieron repertorio -a excepción de El Mar, el resto de las obras no suelen interpretarse-. Agradeciendo la buena acogida; se dio como propina una de esas obras de exotismo español visto por los extranjeros: "una jota de París", como apostilló un veterano aficionado; una jota de esas que parece que remolonean el ritmo. Pero gustó mucho.