L terrorismo es repugnante y se rechaza, se repudia o se condena, allá cada cual con sus tribulaciones. Y, sí, mirar hacia otro lado supone una afrenta al más elemental civismo y sentido humanista de la existencia. Aunque sea cuestionable que tan vergonzante inhibición merezca, si no se franquean otras fronteras por supuesto, un reproche penal. Luego está el empleo de la violencia para alcanzar fines pretendidamente políticos. Pura quimera. Afán estéril, que no hay objetivo legítimo si se pretende alcanzar a sangre y fuego . Pero por estos lares también concurre la utilización de la violencia con fines espúreos. El paradigma de este nauseabundo comportamiento ha tenido esta semana nombre y apellidos: María San Gil. La aún presidenta del PP vasco, a la que desde luego no cabe cuestionar ni su arrojo personal ni su compromiso democrático, fue acuñada por el mayororejismo de "referente moral" en la oposición a ETA y -obscena vinculación de ideas mediante- también al abertzalismo en su conjunto. Pues bien, la misma mañana en la que un bombazo de ETA segó la vida de un guardia civil en un vil intento de masacre, San Gil, ese emblema , se confirmó en conferencia de prensa -que rehusó desconvocar- como el ariete contra Rajoy con el pretexto de su abandono de la ponencia del PP. Cosas de la política, el marianismo , que tan burdo uso -y abuso- del terrorismo hizo la pasada legislatura, prueba de su propia medicina. Para solaz de Aguirre, Esperanza, otro "referente moral", al menos para la AVT, el Foro de Ermua y Rouco-Varela.