P ues mira Ochoas, yo hasta 7.400 metros como que no me subo para
darte una ostia, que no, que ya sabes que mi tope son los 2.360
del Petrexema, eso sí, por la cara difícil, por Lescun. No sé
qué decirte, socio, la verdad es que no sé, aunque creo que ya
nos lo teníamos todo dicho y sobreentendido, que total es paná.
Así que te hablaré de tus amigos, esta vez de los de allí.
Tampoco
sé qué decir. Tiene cojones. Si me vieras te reirías, tecleando
como un principiante. Es que creo que en los libros publicados
no hay palabras que alcancen a describir lo que tus amigos han
estado haciendo por ti, por ellos y por nosotros. Para mí que
no fueron los pulmones los que se te hincharon, que fue el ego,
por fuerza. Tiene que inflar mucho el ego, infinitamente más
que haber subido 12 ochomiles –que eso se lo sube cualquiera,
como decías tú mirándote–, que esta gente haya hecho lo que ha
hecho.
No sé, compadre, estamos despalabrados, no sabemos cómo
analizar lo que hemos visto, porque debajo de los números –campo
2, campo 3, campo mecagüensuputamadre– hay algo de tanta grandeza
que de puro grande no puedo abarcar, que se me escapa, que, créetelo,
me hace confiar en que no está todo perdido, que aún queda algo
de esperanza aquí abajo. Están para siempre grabados a hielo
en nuestros corazones los nombres de Horia, Denis, Don, Sergei,
Alexei, Ueli, Simon, Pemba, Ongchu, Wangchu, Chhiring, Mihnea,
Alex y Robert, tan a hielo que ya jamás se nos olvidarán y los
recitaremos como se recita un mantra, el de la más pura expresión
de lo que es la amistad.
Bueno, me despido con la frase de El
Maestro que más nos gustaba a los dos y que con tanta gente has
hecho realidad: te dejaré estar en mis sueños si tú me dejas
estar en los tuyos. Te quiero socio, te echaré de menos. Mucho.
Siempre.