no me contaba entre sus decenas de buenos amigos, tampoco entre sus cientos de conocidos. Sólo hablé personalmente con él un frío diciembre y entre los vetustos muros de la cárcel de Pamplona. Así que estas líneas no están mediatizadas por haber compartido recorrido vital, ni pretenden conformar la hagiografía de un deportista sublime; si acaso, dar testimonio de cómo desnudó su alma ante los reclusos sirviéndose de unas diapositivas espectaculares que condujeron hasta las mismas cimas del Himalaya a unos penados gozosos, embelesados, entregados a ese hombre libre. Iñaki, que condicionó su presencia en aquella fiesta navideña a que a los presos se les adecentara la comida con sabrosas viandas, habló de igualdad entre los sapiens y glosó su relación fraternal con los sherpas, proclamó su ecologismo militante y su amor por los animales, hizo proselitismo ácrata renegando de quienes prostituyen ideas maravillosas para obtener beneficio propio. Iñaki plasmó con una narración ágil y comprometida su profundo sentido humanista de la existencia -con mensajes como las mejores cosas de la vida son las que hacemos todos los días (sic)-, se expresó con una amabilidad nada impostada y, en fin, dejó en el cargado aire penitenciario un halo de sincera sencillez ("yo también llevo vuestro uniforme: vaqueros, playeras y camiseta, aunque sin rayas", ironizó). Iñaki se despidió con una profecía: "Vosotros estáis encerrados ahora, pero la mayoría sí llegaréis a viejos". Y señaló la imagen sobreimpresionada de las cumbres que desde ayer le mecen.