orquesta nacional de escocia Director: Stéphane Denève.Solista: Nicola Benedetti. Programa: obras de Mendelssohn, Sibelius, Debussy y Ravel.Programación: ciclo de la Fundación Baluarte. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 21 de mayo de 2008. Público: Casi lleno.
POR teobaldos
ES verdad que, en los últimos tiempos, hay cierta homogeneidad en el sonido de las orquestas. También aquí ha hecho estragos la globalización. Antes era más fácil distinguir el sonido de una orquesta rusa de una norteamericana, por ejemplo; ahora influyen más los directores que el instrumento colectivo en sí. Pero aún hay alguna excepción. Como esta orquesta escocesa de la que hoy nos ocupamos, y, en general, algunas orquestas inglesas. Estos conjuntos tienen una cuerda excelente, con un sonido propio: matizado, sutil, muy pulido; y, a al vez, empastado y poderoso, cuando se requiere. El sonido de la vieja plata inglesa -y escocesa- recogido y suave, capaz de lograr texturas de original riqueza. Estas virtudes las apreciamos, sobre todo, en ese prodigioso perfumes de la noche de Debussy, perfilado hasta la intangibilidad, y sentido hasta la médula en toda su atmósfera y perfume de misterioso jardín español.
Al frente de la orquesta vino un director francés -sin duda condicionante del programa presentado-, y con una violinista escocesa de origen italiano. Stéphane Denève es, sobre el podio, el típico-tópico director de orquesta: gesto amplio -casi ampuloso- y gran movilidad, melena cardada para que se mueva mucho, y visiones de la música extravertida y que llegan al público. Ciertamente se hizo con la simpatía del respetable. La violinista Benedetti, también resulta espectacular, ya de entrada, en el escenario, por su plante y belleza; y saca al violín un sonido amplísimo. Con un arranque del concierto para violín y orquesta en re menor de Sibelius delicado y poderoso a la vez. Como si su delgado brazo desnudo fuera un rayo láser. Finísima y brillante delicadeza capaz de partir el acero.
Con estos mimbres los de Escocia presentaron un programa de lucimiento solista y orquestal, con cuatro obras. Personalmente, hubiera preferido una de esas grandes sinfonías donde se luce más la cuerda.
Nicola Benedetti se plantea el concierto de Sibelius como una obra de gran sonoridad. Su empeño es el de sacar volumen al violín -un Stradivarius de 1712- ; y, francamente lo consigue. A pesar de que el acompañamiento orquestal de esta obra -y más con la caña que le metió el director- es de especial espesor, nunca quedó enterrado el instrumento solista. Al contrario, en esos pasajes centrales, en los que parece decaer la tensión, la violinista, logra -incluso con el gesto- un sonido lleno, rotundo, sobresaliente del conjunto. Momento importante de su actuación fue la contención del aliento que logró del público en el final del movimiento lento; llevado, por cierto, con gran parsimonia, a punto de caer en la monotonía. Brillante en el virtuosismo, un poco brumoso el final, confirma los buenos violinistas que circulan por ahí. De propina el obligado tributo a Bach. Estupendo.
Stépahne Denéve hizo un Debussy bastante contenido, y, como va dicho, excelente en los fragmentos que requieren misterio, repentinos diminuendos y espectaculares explosiones de brillos metálicos. En fin, en todo lo que es el impresionismo. Lo mismo en La Valse de Ravel, donde de nuevo, la cuerda -ahora arremolinada en el danza- fue y vino por este vals deconstuido con la brillante elegancia del que se aferra a los últimos esplendores. El director francés dio la propina espléndida de Bizet que más se suele interpretar -La Arlesiana -. Y, ya con el público en el bolsillo, una danza escocesa palmeada al estilo conciertodeañonuevo . Entusiasmo general.