A derecha española es así. El sector más radicalmente conservador siempre trata de imponerse mediante la estrategia de la tensión, de la confrontación, de la intransigencia. Después de su segundo fracaso electoral, Mariano Rajoy parece haber decidido que bajo su nueva presidencia el PP recupere el espacio de "centro reformista" al que renunció por la presión del sector de derecha extrema que le marcó la estrategia a seguir tras la pérdida del poder en 2004. Lo que menos podía esperar Rajoy era que esa decisión de giro al centro le iba a situar en el ojo del huracán de las mismas iras ultramontanas que fueron su soporte durante la pasada legislatura. Los mismos valedores mediáticos en los que se apoyó -Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos- se han tomado como tarea diaria su acoso y derribo de manera tan cruel como contundente. Los iconos que enarboló desde la presidencia del PP como faro y guía de su cruzada antiterrorista, antinacionalista y antilaica, iconos basados en la ideologización del sufrimiento -María San Gil, José Antonio Ortega Lara, Francisco José Alcaraz entre otros- le han dado la espalda casi con menosprecio. Él, que pretendió recoger los frutos de aquellas multitudinarias manifestaciones convocadas bajo pretextos diversos pero con la única intención de desgastar al Gobierno socialista, se asoma a la ventana de su despacho de Génova y contempla ahora, quizá con melancolía, quizá con despecho, que doscientos energúmenos se concentran a gritos contra él, los mismos energúmenos ultras que le acompañaron y jalearon en aquellas manifestaciones mientras él sonreía satisfecho como líder del partido salvador. Él, que ante millones de telespectadores acusó a Zapatero de haber injuriado a las víctimas y que no rectificó tan escandalosa afrenta, se topa ahora con el exabrupto de Carlos Iturgaiz -otro de sus peones, especialista en la crispación-, que le escupe lo de "o se está con María San Gil o se está con ETA", silogismo que por derivación ha sido válido para atacar a todo lo que se movía fuera del PP. Rajoy está probando la misma medicina que él empleó durante su primera legislatura en la oposición. Contra él se utiliza la misma estrategia de la tensión y el enfrentamiento que él lideró durante cuatro años.