'LA TORTUGA DE DARWIN' Autor: Juan Mayorga. Dirección: Ernesto Caballero. Intérpretes: Carmen Machi, Vicente Díez, Susana Hernández, Juan Carlos Talavera. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 21 y 22/05/08. Público: Lleno.
POR PEDRO ZABALZA
HABLAMOS de Juan Mayorga (no del otro Maiorga), uno de los mejores dramaturgos actuales, Premio Nacional de Teatro 2007 y ganador de varios Max. Mayorga ha firmado algunas de las obras más interesantes del teatro español reciente, algunas de las cuales hemos tenido la suerte de ver por aquí. Como la impresionante Hamelin, ejecutada por Animalario; o el año pasado, El chico de la última fila, un relato alambicado y fascinante puesto en escena por Ur. Asimismo, la CNTC representó su inquietante adaptación de Divinas palabras. Con este currículum, cualquier cosa de Mayorga genera una justa expectación. Por eso, el fallido resultado de La tortuga de Darwin genera (tal vez injustamente) mayor decepción. Mayorga es un autor de grandes temas, de asuntos inquietantes y comprometidos: la pederastia en Hamelin, o el terrorismo en la reciente La paz perpetua. En La tortuga de Darwin mantiene esta pretensión de comunicar grandes conceptos. El punto de partida de la obra motiva: un historiador recibe la visita de una anciana que dice ser la versión evolucionada de una de las tortugas que Darwin embarcó en el Beagle allá por 1835 y llevó a Londres. Esta idea arranca de un hecho real: uno de esos animales cumplió hace poco 175 años, convirtiéndose en el animal más longevo del mundo. Para el historiador, la tortuga Harriet, testigo de primera mano de los acontecimientos de los dos últimos siglos, se convierte en una fuente imprescindible para su trabajo. Pero también hay otros interesados en el fenómeno de la tortuga convertida en ser humano. (Un inciso: resulta curiosa la tendencia de Mayorga por convertir a animales humanizados en protagonistas de sus obras; además de la tortuga Harriet, tenemos al gorila albino del zoo de Madrid en Últimas palabras de Copito de Nieve, o a los perros de La paz perpetua). Bueno, pues esta fábula sobre la maldad humana y el determinismo pesimista de la historia se queda en agua de borrajas porque Mayorga olvida una clave esencial de la escritura: para exponer una idea hay que contar una historia. Sorprende que alguien que ha creado una trama tan compleja, pero tan bien ajustada, como la de El chico de la última fila plantee ahora un relato tan plano, tan predecible, de diálogos tan apagados, de final tan sobrevenido. Harriet va contando sus vivencias, llenando minutos de drama, sin que eso sirva al desarrollo del argumento y sin que al menos la anécdota enganche la atención del espectador. Sorprende también que alguien que ha imaginado unos personajes tan ambiguos e inquietantes, con tantos recovecos morales como los de Hamelin, se conforme ahora con estereotipos unidimensionales como los presentados. De todo esto vamos a salvar a la tortuga Harriet. Y no tanto por el interés del personaje como por la interpretación de Carmen Machi. Su tortuga parece humana, no por la evolución, sino porque el trabajo de Machi la dota de profundidad y verosimilitud. Consigue hacer creíble un papel tan comprometido y difícil a golpe de movimiento, de expresividad y de sensibilidad. Su personaje imposible, curiosa paradoja, suena más real que los de sus compañeros de reparto. Un lujo de actriz y un lujo de autor para un texto no digno de uno ni de otra.