concierto de la orquesta sinfónica del principado de asturias Director: Maximiano Valdés. Solista: Amanda Roocroft, soprano. Programa: obras de Tchaikovsky y Shostakovich. Con propina de Dvorak, aria de Rusalka. Programación: Ciclo de la Orquesta Sinfónica de Navarra. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: jueves 22 de mayo de 2008. Público: casi lleno.
POR teobaldos
Con el sistema de intercambio de orquestas vuelve al Baluarte la querida orquesta de Asturias que tan fructíferas colaboraciones realiza con nuestros grupos musicales, -aún duran los ecos de la magnífica gira mexicana con el Orfeón Pamplonés-. Su titular, Maximiano Valdés, vuelve a ofrecernos un programa equilibrado y bien pensado de música eslava que combina la amabilidad de los salones de baile, la teatralidad del drama, y la espectacularidad sinfónica. Valdés, desde su gesto austero y desde su elegancia, nos ofrece unas versiones claras, sin exageraciones dulzonas de la polonesa y el vals de Eugenio Oneguin de Tchaikovsky; un cálido acompañamiento a la solista; y una rotunda lectura de la sexta sinfonía de Schostakovich. La primera parte dedicada a Tchaikovsky y a su ópera Eugenio Oneguin , nos evoca -en la polonesa y el vals-, más la versión para ballet, que tanto éxito ha tenido en la historia de ésta disciplina. Sus versiones, a fuerza de corrección, fueron, a mi juicio, un poco sosas, sin ese punto de decadencia y arrastre que requiere esta música. Sin duda, en éste director prevalece la idea de equilibrio. La famosa aria de la carta, ya nos mete en el primer "realismo" de la ópera rusa. La soprano Amanda Roocroft posee una voz redonda y con suficiente cuerpo para la ópera rusa. Su mejor calidad está en la zona media, aquí se explaya con dramatismo, con seguridad, con intención y teatralidad. No tan rotundo resulta el agudo, aunque esta bien salvado. En todo caso desde la primera nota hasta la última, presume de una homogeneidad sonora que da empaque al fraseo. Buena versión de la encendida proclama de Tatiana a su amado, aunque no de colmada fogosidad, -quizás por la falta de ambiente escénico-. Excelente la trompa solista. Pero donde emocionó de verdad fue en La canción de la Luna , de Rusalka, de Dvorak, regalada fuera de programa, con un fraseo bellísimo, y un entendimiento con la orquesta de perfecta conjunción. El acomodo que hizo de la voz sobre la sonoridad quieta de la orquesta fue admirable. La sonoridad orquestal buscada por Valdés para el acompañamiento a ésta obra, fue de referencia. De lo mejor de la velada.
En cuanto a la sexta sinfonía de Shostakovich, el director obtiene muy buenas prestaciones de los solistas que tienen pasajes comprometidos; pero es todo el conjunto, y no sólo los solistas, el que se luce al resolver con brillantez el virtuosismo de la rica orquestación del compositor ruso. Buen arranque en graves en el primer movimiento. Cuerda compacta y poderosa para una música que, en Shostakovich es, a menudo, doliente. Solucionado con precisión el segundo movimiento, bastante punzante y, en momentos, arisco. Y de lucimiento resultó el tercero. Peliagudo para la orquesta, va tomando optimismo a través de la velocidad y de los temas un tanto intrascendentes tratados con un virtuosismo arrollador, que los músicos resuelven estupendamente.