L alza imparable del petróleo hacia la barrera psicológica de los 150 dólares por barril ha disparado la señal de alerta de los gobiernos, de los consumidores y de los múltiples colectivos que necesitan el carburante para llevar a cabo sus actividades profesionales -transportistas, pescadores, agricultores y ganaderos, comerciales autónomos...-, que anuncian movilizaciones para instar a las respectivas administraciones a tomar cartas en el asuntos. El crecimiento desmesurado del petróleo coincide además con un momento de desaceleración económica que hunde las previsiones macroeconómicas sobre el mantenimiento de los índices de prosperidad . De hecho, hasta abril, el superávit del Estado descendió un 55,9% respecto a 2007, una caída que el secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña, atribuyó a la crisis de la burbuja inmobiliaria y al alza del crudo. Cualquier síntoma de inestabilidad sirve para disparar la inquietud en el mercado, más aún cuando empeoran las condiciones geopolíticas en África y Oriente Medio y la demanda no cede ante el fuerte empuje de las economías emergentes de China, India o Brasil. Pero hay también razones de fondo ideológico que señalan a un modelo ultraliberal que juega con la especulación financiera como medio para consagrar la máxima del todo vale en función del mayor beneficio. Y el paso de determinados fondos inversores de mercados más estables en bolsa a la vía especulativa de los mercados de materias primas, en este caso las energéticas, es una de las claves en el ascenso incontrolado de los precios del petróleo y de sus derivados. Un juego peligroso para economías como las europeas, donde la dependencia energética de las importaciones de crudo es aún alta -pese a la diversificación en energías nuevas y renovables-, lo que irremediablemente acaba derivándose hacia la capacidad de consumo de las economías domésticas, ya sometidas a la presión de una inflación creciente. Seguramente, no hay soluciones mágicas, pero las economías avanzadas no han sabido aplicar soluciones colectivas -y el acto de propaganda con que Sanz presentó ayer por enésima vez el Plan Navarra 2012 es una evidente falta de apuestas e iniciativas novedosas-, por lo que los nubarrones de un largo tiempo de desaceleración aparecen más oscuros. Quizá porque la voluntad política democrática sigue sometida a los intereses economicistas de un modelo ultraliberal que antepone el mercado a los ciudadanos.