BALLET DE TOKyO Director artístico: Munetaka Lida. Director general: Tadatsugu Sasaki. Programa: Monográfico con coreografías de Maurice Béjart: 'Bugaku', con música de Toshiro Mayuzumi; 'Bhakti III', con música tradicional india; 'The Kabuki suite', con música de Toshiro Mayuzumi. Programación: Ciclo de la Fundación Baluarte. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: Viernes, 30 de mayo de 2008. Público: Lleno.
POR teobaldos
Las dos horas de extraordinario y soberbio espectáculo ofrecidas por el Ballet de Tokyo fueron, en primer lugar, un homenaje de agradecimiento al coreógrafo Béjart desaparecido el pasado año. No hay que olvidar que el empeño de Tadatsugu Sasaki de fundar el Tokyo Ballet de la nada se vio sólidamente respaldado por la disposición de Béjart a coreografiar para su grupo. El programa, pues, nos muestra al polifacético Béjart que, asumiendo las grandes tradiciones niponas, nos las muestra insertadas en una modernidad que es el reflejo de la propia sociedad nipona, que combina la más alta tecnología electrónica, con la fastuosa estética del kimono. Y nadie mejor que los propios japoneses, con una estilística propia, para dar vida a todo ese universo. Es cierto que para algunos amantes del ballet, el conjunto nipón puede resultar un tanto cortante en movimiento; a veces, también, esquemático en el fraseo -sobre todo los hombres-, incluso un poco alejados del clasicismo, aun cuando se baila clásico; pero se sobrepone la disciplina, la precisión, la escuela asimilada de Occidente que conserva, eso sí, su peculiaridad oriental. En esto, la extremada delicadeza de las bailarinas es un valor a añadir a la siempre etérea figura clásica.
Las tres coreografías presentadas corroboran la importancia de Béjart para la danza contemporánea. Algunas de ellas, realizadas hace cuarenta años, mantienen una vigencia asombrosa, y todavía siguen influyendo en los movimientos actuales. Bugaku es una obra atrevida en el trato corporal, compleja en los pasos, mucho más complicados de lo que parece, y que muestra la supervivencia de lo fundamental -la pareja- en medio de un Japón que se debate entre la influencia occidental -sobre todo la norteamericana- y la tradición. El movimiento robótico se conjuga con el fraseo clásico de los pasos a dos y a cuatro. Muy interesante y contemporánea.
Bhakti III se pasa al orientalismo hindú. Fundamentalmente influenciada por las posturas del yoga, es una coreografía de danza sagrada, bellísima en sus estampas de figuras y magistralmente bailada por las puntas de Mizuka Ueno, felizmente replicada por Haruo Goto, como Shiva.
Pero el plato fuerte de la tarde era el magno ballet The Kabuki suite , que Béjart dedicó a Japón, y que tanto nos impactó cuando lo vimos en la Quincena Donostiarra en el año 1986. He de constatar que la obra sigue con la vigencia de un clásico y que no ha perdido nada de lo que es: un gran fresco de la cultura japonesa donde conviven las pinturas de Hokusai, los delicadísimos movimientos de grulla, la trágica ceremonia del Seppuko -el suicidio japonés-, la marcial narrativa de la batalla o las breves alegrías del amor. Todo bajo el predomino de un blanco intenso que, no debemos olvidar, para los japoneses es de riguroso luto. En Kabuki predomina la tensión. Todos los bailarines, desde los solistas hasta el nutrido cuerpo de baile, están siempre en una tensión acentuada por movimientos rápidos, cortantes, de brazos y pies encorsetados en la tradición del teatro japonés. Hay respiros clásicos, como los solos de bravura realizados al estilo de los ballet tradicionales, de exhibición. Pero es el contraste entre el ensimismamiento y la introversión de los solos o los grupos reducidos -extraordinario el número de las chicas con los kimonos que visten de dos en dos-; y los grandes pasajes de fuerza con el tutti de la compañía, lo que hacen de este ballet un espectáculo original, muy distinto a lo que se suele ver. Impresionante.
Un buen cierre de temporada, como casi todos los espectáculos que han compuesto el ciclo. Concretamente, en ballet ha venido lo mejor que circula por ahí.