orquesta sinfónica de euskadi Director: Gilbert Varga. Solista: Martin Helmchen, piano. Programa: Obras de Dvorák, Ravel y César Franck. Programación: Ciclo de la Orquesta de Euskadi. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 26 de mayo de 2008. Público: el habitual del abono; casi lleno.
POR teobaldos
Lo más interesante del penúltimo concierto del ciclo ha sido la presentación del joven pianista berlinés Martin Helmchen, a pesar de haber elegido un concierto poco agradecido a oídos del público para su presentación. Efectivamente el concierto para piano y orquesta en sol menor de Dvorák suele pasar inadvertido, no es recordado por sus temas, por sus melodías, como ocurre con el concierto de violonchelo o las grandes sinfonías, verdaderamente populares. Y, sin embargo el joven pianista alemán dejó un gusto exquisito y una musicalidad plena de sensibilidad en la versión que hizo de la partitura. No tiene un sonido muy poderoso, más bien el piano quedó un poco sepultado en algunos momentos; sin embargo fue delicadísimo en el teclado agudo, y lució un equilibrio entre manos admirable. Prevaleció la claridad, la impecable factura de las escalas, la precisión en el virtuosismo al servicio de la musicalidad, no de la grandilocuencia. Hubo lirismo, incluso esa cierta languidez un tanto exótica que impone la vena zíngara. Su apabullante técnica le hace estar por encima de la dificultad, y se mueve cómodo por las exigencias del compositor. Un pianista al que hay que seguir. La orquesta cuidó bastante la relación de volumen con el solista; pero todavía debería haberse retenido más, es una composición muy sinfónica, es más la oposición entre dos bloques de fuerza que un diálogo entre orquesta y solista, y éste, como va dicho, optó por la calidad del sonido más que por la cantidad.
Gilbert Varga se movió muy bien, y de memoria, sobre las dos obras de lucimiento orquestal que componían el programa. Los valses nobles y sentimentales de Ravel y El Cazador Maldito de César Franck. Por esas casualidades de las programaciones, hace un par de semanas escuchamos esta última obra a la orquesta de Montecarlo. El planteamiento hecho en Ravel conjugó bien el brillo orquestal del tempo de Vals con los pasajes más íntimos de la obra. Bien llevada, sin exagerar el rubato, las ocho cortar piezas fluyeron con soltura y precisión en la orquesta.
César Franck fue más desaforado. Es cierto que el carácter narrativo de la obra insiste en las turbulentas aventuras del cazador con la maldición y los demonios; pero me pareció exagerado el predominio de los metales; fundamentales, sí, en la obra, pero que arrasaron con la cuerda. Predominó más el carácter de la descripción sobre el de la evocación.
Siempre me cabe la duda si los directores, desde el podio, oyen los metales como los oímos desde la sala. Yo creo que, en este auditorio, siguen saliendo demasiado.