A asoma el verano. Lo que oyen. Y como en todo preámbulo canicular, acuden puntuales a su cita las moscas, los helados de La Italiana y el barracón de la Tómbola, hábitos y tradiciones que se desatan con el ascenso de la temperatura, haciendo estallar la efervescencia lúdica y callejera del entretenimiento estival. Como aperitivo de lo que se nos viene encima, en junio prometen pasar por Pamplona, Bob Dylan, un tal Juanes y otros eventos de índole cultural. Tom Waits (Donostia), Wayne Shorter o Herbie Hancock (Vitoria) se dejarán ver en julio, en tanto que agosto será privilegio de los Festivales de Olite.
Puede que suene frívolo, pero hace treinta años no hubiera sido capaz de imaginar que alguna agencia privada de espectáculos se arriesgara a subir a un escenario local a prebostes de la música popular o a una banda de rock, blues, jazz... de cierto fuste, pero menos todavía que esta propensión fuera transformándose poco a poco en una práctica institucional, lo que sugiere que la cultura debe de formar parte del cálculo estratégico, propagandístico y económico de los poderes públicos.
Sí, así es. La cultura tiene ideología, al igual que la tiene el Libro Rojo de Mao, el Mein Kampf o un volumen de recetas de Arguiñano. En este país, hemos pasado de padecer una cultura proscrita y dinamitada por la censura del Régimen, a una cultura arrullada en brazos de la tutela pública. Esto indica que, utilizada como embalaje de vivos colores democráticos, la cultura ayuda a vender ese abstruso producto llamado política, casi siempre de rebajas, cuando no de liquidación. Por tanto, su concurso tiene un marcado propósito funcional, oportunista y episódico, y se adecua -más allá de sus propios fines- a las servidumbres que impone la doctrina que la administra, siendo legítimo hablar entonces de democracia cultural, como antes se hablaba de cultura del pueblo o de revolución cultural. Evocando a Canetti, esta cuestión podría simplificarse en Cultura y Poder cuando nos referirnos a ese grueso manual de adiestramiento de masas que, con sutileza o sin ella, desvela las entretelas del conocimiento, del ocio y del negocio, esto es, de la cultura y sus satélites, adaptados a la esfera del puro entretenimiento, naturalmente bajo la aguda óptica del rédito.
Sin embargo, todavía hay quien sostiene que en algún remoto subterráneo resiste cierto tipo de cultura reivindicativa, procaz y revoltosa, servida en pequeñas dosis en forma de maquetas, fanzines , obra plástica o letras de pelaje independiente, entre el rito de lo ilícito y la adrenalina de la agitación, pero, siendo moderadamente agorero, sin poder desprenderse de la tiranía del mercado, ante el que rendir cuentas para dar razón de su existencia. Decir cultura debería ser sinónimo de apostar por la autonomía del creador, por la diversidad de sus contenidos y la radicalidad de la innovación. ¿Cabe entonces hablar de cultura más allá de la cultura?
Asistimos a la celebración de la extraordinaria capacidad de adaptación que posee este término como surtido de productos, prácticas y hábitos que están más cerca de la maniobra del despilfarro (de los recursos públicos) que de otra cosa, hasta caer por la pendiente de ese insufrible sintagma que etiqueta la cultura de la dieta mediterránea, la cultura de la televisión, la del pelotazo, la del jubileo, la de los productos ligth , bio o eco, en definitiva, la cultura amaestrada, manufacturada y empaquetada con la que llegar al mayor número de parroquianos, clientes, consumidores, en definitiva, votantes. Todo vale, desde un reality , a una conferencia sobre la cara oculta de la Luna; desde un curso de verano en una universidad de caché, a un concierto de hip-hop. De igual manera, se promueve la cultura de los grandes acontecimientos; las Olimpiadas de Pekín son un buen diagnóstico de cómo marcha la salud de una sociedad de espaldas a la realidad, espectacular y radiante, a escasas fechas de un terremoto devastador y a poca distancia de un Tíbet soliviantado. Pero, como proclama su precepto, The show must go on!
El poder central, autonómico o municipal se ha convertido en la principal agencia promotora de espectáculos, especialmente de rock, y mediante su infraestructura, medios y servicios, la cultura se torna funcionarial, adiestrada y subvencionada, desplegando una tramoya de museos, fundaciones, auditorios, planetarios (líbrenos el Señor de los divulgadores científicos, de los discípulos de Viktor Frankenstein y de los devotos de Cheminova), de manera que, dependiendo de la cuerda que suene, se programan acontecimientos ad hoc con artistas como Raphael o Julio Iglesias, Sabina y Springsteen, o, por qué no, Benito Lertxundi y Pirritx eta Porrotx, según las componendas del meollo ideológico que tercie -sufriendo de otras carencias, por ejemplo de un área en la enseñanza artística-. Y qué decir de nuestra cita sanferminera, sacralizada entre el fervor más arrobado y el traspié bullanguero, con su anhelado museo temático, los espectáculos esponsorizados que amenizan plazas y calles de la ciudad, en los que zambullirse de cultura popular aunque sea una vez al año, o el encierro motorizado de los Red Bull. La cuestión es tender hacia esa concepción megaespectacular del tinglado, como la carrera por la capitalidad europea de la cultura, la Expo de Zaragoza (de Sevilla, mejor no hablamos), la Eurocopa de Austria y Suiza (el deporte también es cultura, dice Lissavetzky) o el festival de Eurovisión, es decir, alcanzar mediante iniciativas lúdicas, didácticas, incluso ridículas -eso sí, bajo el auspicio de los fondos públicos- una finalidad política, económica o clientelar.
No cabe duda de que -como vaticinó Dylan- los tiempos están cambiando, y para mejor (aunque no estoy seguro de que el vate de Minnesota comparta esta opinión), de manera que de aquella oración atribuida a Goebbels con ocasión de la quema de los libros en mayo del 33 (otra efeméride de la ideología de Estado) en la que decía: "Cuando oigo hablar de cultura me dan ganas de echar mano a mi pistola", hemos logrado alcanzar esta otra, más reflexiva y sosegada: "Cuando oigo hablar de cultura, saco la chequera", lo que constata un notable avance de la civilización.
Nos hemos convertido en consumidores de cultura de fin de semana, de largas colas dominicales frente a museos, ferias de arte o exposiciones universales, para asistir a tal o cual evento, sudorosos entre la fanfarria de la fotografía inolvidable, los autocares, las camisetas, los pins y los souvenirs, pero satisfechos de poder relatar la proeza a parientes y amigos en una fraternal velada hogareña, eso sí, lejos ya de la agotadora experiencia cultural. El itinerario no es caprichoso, de la cultura de trincheras, se pasó a la cultura subordinada al nacional-catolicismo, luego vendría la contracultura, de allí a la cultura de la transición y de ésta a la de la subvención. Así las cosas, lo más espectacular hoy día quizá sea apartarse del espectáculo de la cultura, que no es otro que la cultura del espectáculo.