SHEN WEI DANCE ARTS Director: Shen Wei. Programa: 'La Consagración de la Primavera', con música de Igor Stravinsky y coreografía de Shen Wei. 'Re', con música tradicional tibetana y coreografía de Sheb Wei. Programación: Ciclo 'Otras miradas, otras escenas' de la Fundación Gayarre. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 31 de mayo de 2008. Público: Tres cuartos de entrada.
POR teobaldos
Sigue la gerencia de la Fundación Gayarre arriesgándose al mantener un ciclo que, a priori, salvo excepciones, ofrece espectáculos no muy conocidos por el público. No siempre se acierta, es verdad, pero este riesgo, por lo menos en parte de la programación general del año, es el que debe correr un centro cultural público. El de este año ha sido todo un éxito en funciones tan excéntricas como las de marionetas, también en las de teatro -menos arriesgado- y no ha tenido tanta suerte con la danza; en cuya disciplina hemos visto maravillas en otras ocasiones. Así que hay que felicitarse por el atrevimiento de la gestión.
Shen Wei venía con cierta aureola de novedad y exotismo oriental, aunque resida en Nueva York, y cierto prestigio avalado por su presencia en el equipo que coreografiará la ceremonia de apertura de las olimpíadas de Pekín. Pero los que se habían hecho a la idea de espectacularidad, colorido oriental, o virtuosismo acrobático, quedaron defraudados. Las dos obras presentadas pecaron de repetitivas, y, sobre todo la segunda -Re- resultó cansina, ensimismada en una danza quizás más para practicar que para ver, para meditar que para subir a un escenario.
La Consagración de la Primavera parte de la buena idea de adoptar la partitura de Stravinsky en su versión a cuatro manos, así queda mucho más acorde con la coreografía bastante esquemática, individualizada y simple de registros corporales propuesta por el chino-americano. El comienzo es inquietante y muy expresivo: un movimiento de protozoos como de comienzo de la vida al microscopio, muy bien llevado a la escena por los bailarines que se mueven con nerviosa rapidez con cuerpos encorsetados aún por la vida no desarrollada. El final de la obra también está logrado, al recurrir a unos pasos poderosos, rotundos, insistentes y en simetría sobre el suelo -en realidad el trabajo de suelo fue de lo mejor de la tarde-. Y en medio prevaleció un movimiento repetitivo, muy indeterminado, de brazos dislocados y sueltos, al borde de una repetitiva improvisación que no acabó de despegar y que sólo era contundente y balletística cuando se metía en simetría. Sin duda esta Consagración esta llena de buenas ideas, y tiene momentos bellos, pero no resulta un trabajo completo.
La segunda obra -Re- parte de los bailarines sentados haciendo las impecables alfombras de arena donde los monjes tibetanos simbolizan el paso efímero de la vida. Semanas haciendo estos cuadros para que el viento se los lleve en un instante. Los monjes-bailarines danzan al son de unas canciones budistas tradicionales cantadas por la monja tibetana Choying Dolma. Canciones elementales y sencillas que sirven de pretexto, más que de apoyo dancístico, a una coreografía también muy simple, basada -otra vez- en los brazos sueltos y el movimiento circular tanto individual como colectivo. Es una coreografía que llenaría cinco minutos de un espectáculo, pero no media hora; y, al no haber cambio de registro, se nos queda insípida. No es que no sepamos acceder a esa espiritualidad lenta, sublime, profunda, que parece que se nos propone, es que sencillamente no se nos transmite ninguna emoción, ni siquiera la religiosa. Los sólo correctos aplausos del público, así lo corroboraron. En fin, otra vez será.