CHRISTIAN ZACHARIAS, PIANO Programa: obras de Scumann, Doménico Scarlatti y Schubert. Programación: Ciclo grandes intérpretes de la Fundación Gayarre y de la Universidad Pública de Navarra. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 2 de junio de 2008. Público: casi lleno.
POR TEOBALDOS
EL pianismo de Christian Zacharias es nítido, diáfano, preocupado por la claridad y la soltura, ágil, libre de retórica, hasta frío en algunos autores. Por eso del copioso recital que cerraba el ciclo camerístico del Gayarre, las diez sonatas de D. Scarlatti fueron, a mi juicio, lo mejor de la tarde. Una serie muy bien ordenada combinando el tono mayor y el menor, la hondura con el virtuosismo, la calma con la espectacularidad de la rapidez. Todo dicho con fluidez asombrosa, con engañosa facilidad, casi con desdén en algún cruce de manos, para que el espectador gozara del que se sabe en manos de la seguridad plena, del que disfruta y hace disfrutar de la música, sin tropiezos, sin que ni siquiera asome la tensión de la duda. Scarlatti en Zacharías es luminoso, atractivo, evocador de lugares armoniosos. Su sonoridad se acerca al pianoforte, por la soltura y el sttacatto que prevalece; por la corriente continua de sonido que todo lo invade, eso sí adornada y ordenadamente. En Schumann y en Schubert, ye es otra cosa. Zacharías se mueve en esa misma soltura y pulcritud de pulsación, buscando un sonido equilibrado y no muy amplio, y rindiéndose al comedimiento, a costa de no arriesgarse demasiado con el pedal, y arrebatarse con un poco de romanticismo. Es cierto que las escenas infantiles de Schuman no tienen dramatismo romántico, pero sí son una serie de narraciones diferenciadas que, además de la técnicamente correcta interpretación, piden un poco más de contraste, más riesgo, en definitiva, más emoción. Lo mismo sucede con Schubert. La sonata en La Mayor es una de las grandes obras pianísticas de todos los tiempos. En ella se conjuga el encanto schubertiano de las zonas más luminosas del repertorio, con el sentido trágico que sobresale en el romanticismo. Christian Zacharias elige una visión y versión de esta música, más cercana a la exposición diáfana que a la reinvención de un sonido sinfónico, poderoso y rotundo que lleve a elevar el contraste que se da, por ejemplo, en el cambio de ánimo del scherzo. Todo está en su sitio. Apenas turbado por el sentimiento emocional. O mejor dicho, por una emoción buscada a través de la perfecta aliteración de las notas. Lo decía Enrique Morente hace poco: "cuando hago algo absolutamente perfecto, lo estropeo". Esto, en flamenco, se entiende enseguida. Pero en cualquier tipo de música, me parece a mí, es lo mismo. La anécdota. Sonó un móvil, insistentemente, Zacharías reaccionó con extremada cortesía. Paró el compás suavemente como el que baja el volumen de la radio, esperó a que dejara de sonar el móvil, y continuó retomando la misma sonoridad. Quizás haya que volver a insistir por megafonía incluso después del descanso. En cualquier caso, este contratiempo no es habitual en el público del ciclo del Gayarre, muy silencioso y atento.