N esta primavera sin esplendor nos llega la noticia del cierre de varias galerías de arte en Pamplona. Las salas Pintzel y Juan Amiano dejarán de exponer después de haberlo hecho durante 28 y 7 años respectivamente. Por ellas ha pasado la obra de artistas que ahora ya tienen un nombre, pero que al principio fueron sólo promesas que empezaban. Esos pintores tuvieron la fortuna de caer en manos de los galeristas que hoy se marchan, la suerte de encontrar un espacio que iba más allá de las paredes donde colgaban sus cuadros. Y es que, además de la superficie blanca, los profesionales que se van pusieron de su parte un empeño enorme en promover a los autores y la ilusión de conmover a alguien todos los días.
El motivo de esta despedida es sobre todo la falta de público interesado, la escasa afluencia de gente a las exposiciones. La mayoría de nosotros sigue asociando la pintura a los museos, y los museos a esos viajes culturales que hacemos una vez al año. Estamos dispuestos a incluir esa actividad en nuestro itinerario siempre que sea parte de un programa que nos lleve también a otra ciudad. No nos importa ponernos delante de figuras extrañas, de bodegones o naturalezas muertas, de una raya que se pierde en el infinito, a cambio de terminar la jornada en un buen hotel. Y es posible que, entre los recuerdos de esas escapadas a otro lugar, nos quede para siempre la imagen de un grito en medio de un puente.
Sí, quizá se trate de conseguir que sean los forasteros los que acudan a nuestras galerías, que éstas encajen en el contexto de una visita turística organizada lejos de nosotros. Entonces habría que conducir hacia ellas a los peregrinos, pintar flechas amarillas que les desvíen un momento de la ruta guiándoles a un sitio donde también tiene cabida lo sagrado. A los extranjeros que van al Guggenheim habría que persuadirles de que Pamplona es una parada valiosa en el camino hacia todo lo que encontrarán allí, y en San Fermín sería oportuno exponer motivos cercanos a la esencia de la fiesta que vienen a celebrar.
Sin embargo, no parece que la única causa del abandono de las salas sea la falta de información o de una campaña institucional que les dé alguna clase de cobijo. Ahora que cierran Pintzel y Juan Amiano, es una buena ocasión para preguntarse adónde han ido los que hasta hace unos años frecuentaban esos lugares, qué ha ocurrido para que ya no estén.
Creo que todo eso tiene que ver con un fenómeno relativamente reciente, con algo que sucede en nuestras sociedades desde hace décadas. La industria del entretenimiento ha sido la que más ha prosperado en el último tercio del siglo XX. Aprovechando el avance tecnológico, ha multiplicado su oferta con productos cada vez más sofisticados cubriendo todas las disciplinas posibles. De ese modo, no sólo ha aumentado su volumen de negocio, sino que ha extendido su nivel de influencia dentro del mundo en que vivimos.
Y en esa carrera ascendente, en esa trayectoria de éxito, hubo un momento en que los responsables de la industria ya no se conformaron con entretener. Habían logrado ese objetivo en una época propicia, en un tiempo en que las horas de esparcimiento eran casi tantas como las de trabajo. Habían colocado en el mercado millones de juegos, películas, discos y libros, los habían vendido con rapidez a pesar de la dudosa calidad en muchos casos, así que ahora se trataba de ir un poco más allá. Ahora se proponían convencer al consumidor de que aquello que compraba no sólo le servía para distraerse, sino también para trascender.
Sí, el entretenimiento ha ido comiendo terreno al arte, ha rebasado los límites de su territorio natural, el necesario en sociedades desarrolladas que demandan una porción generosa de artículos de ocio, invadiendo esferas que no son suyas. Su manera de extralimitarse ha consistido, por un lado, en ocupar el espacio sentimental que en cada persona llenaba siempre el arte y, por otro, en ofrecer una trascendencia de segundo rango, una trascendencia sin esfuerzo. Donde antes encontrábamos Pintura, Literatura, Música y Cine con mayúsculas, hallamos ahora sucedáneos hechos deprisa. Salimos de casa buscando el sentimiento sublime que solía proporcionarnos el arte y nos topamos con una ristra de subproductos que no consiguen conmovernos. Y lo peor no es volver con algo diferente, sino que en la etiqueta ponga contiene emoción , que quienes nos lo venden acaben convenciéndonos de que es así.
Quedarnos de pie delante de un cuadro, leer una novela difícil, escuchar una sinfonía muchas veces, son actividades que exigen una contribución por nuestra parte. Esas creaciones no entran en nosotros de golpe, no impactan de repente con un efecto visual o acústico, no se agotan enseguida como esas escenas de persecución de coches o de comisarios amenazando con sus pistolas. Son ratos que requieren una mínima atención, un acto profundo de contemplación, que reclaman de nosotros el esfuerzo suficiente para que la trascendencia que venga después sea una experiencia que valga la pena. Quizá haya llegado la hora de plantearnos si estamos dispuestos a todo eso.
Juan Amiano y José Luis Mayor se marchan de las galerías donde exponían, pero es probable que su despedida sea más bien un hasta pronto. Yo creo que en realidad es la vida, con sus caprichos, la que les lleva a echar el cierre de momento. Y es que, aunque se acostumbra a considerar al arte como algo anárquico, desordenado, caótico, contraponiéndolo al orden y a la razón de la vida, sucede en el fondo todo lo contrario. Ocurre que es la vida la imprevisible, la indisciplinada, la desconcertante, la que nos traiciona una y otra vez con su falta de rigor. En comparación con ella, el arte es un lugar seguro, armónico, equilibrado en su belleza, natural en sus reacciones conmovedoras, presidido por esa rutina positiva de la que surgen las grandes obras.
Así que Juan y José Luis volverán a colgar pintura en alguna parte, la suya o la de otros de tanta sensibilidad como ellos, y su vuelta será un regreso emocionante.