orquesta sinfónica de navarra Director: Arthur Fagen.Programa: Obras de W.A. Mozart y de Bruckner. Programación: 'Ciclo de la Orquesta'.Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 12 de junio de 2008. Público: Casi lleno, el habitual de ciclo.
POR teobaldos
De nuevo la gran velada musical preparada por la orquesta para el penúltimo concierto del ciclo, ha venido marcada por la extraordinaria versión de la cuarta sinfonía de Bruckner del director invitado Arthur Fagen. El maestro neoyorquino -actualmente al frente de la orquesta de Dortmund- dirige con austeridad, de memoria, sin salirse demasiado de cuadrar el compás, y más preocupado de la buena lectura de la partitura que de exageraciones apoteósicas en los fuertes brucknerianos . Tiende a llevar tiempos como los maestros de antes: tempos asentados, sin prisas, dando holgura a los músicos; pero sin dejar que la cosa decaiga, sin remolonear, manteniendo la música en su tensión de contrastes. No es director espectacular. Y cede el protagonismo a la partitura.
A mi juicio lo mejor de esta cuarta sinfonía ha sido la contención de los metales -por fin la orquesta se va haciendo a la sonoridad de la sala- y el absoluto predominio de la cuerda como motor de la sonoridad de la obra. Así, el conjunto, siempre sonó redondo, cimentado, sólido, con timbre hermoso, incluso en los fuertes, no dejados a picos metálicos sino a la frondosidad de las cuerdas, que mandaban en los cresccendos , aupándolos a la cima del clímax; y no al revés. El resultado es una versión clara, exultante, luminosa, muy bien organizada. Y, a la vez, recogida, pastosa, íntima en algunos momentos, y de muy bellas sonoridades. En el primer movimiento la trompa -(qué papelón tiene la trompa en esta obra)- comienza con decisión, aunque siempre en el filo de mellar alguna nota. La presentación del pianísimo de la orquesta y el rotundo desenlace en fuerte muestran desde el principio, el buen dominio de las dinámicas; la buena relación y continuida de lo que es la constante de esta sinfonía: el paso brusco de la más compacta sonoridad orquestal, al instrumento solista, que debe sostener la tensión con su respuesta.
Y, la verdad es que los maestros de la orquesta se lucieron. Tanto en los fragmentos a sólo -estupendas las maderas-, como por familias -violas, chelos y violines, toda la cuerda en general, tuvieron una gran tarde-, para redondear con los tuttis , con unos metales siempre con el órgano de tubos en el fondo de su colorido. Estamos ante el gran organista Brucker. Un hombre de fe que hace música religiosa no sólo en sus motetes, sino en las partituras instrumentales. El estupendo estudio del teólogo Hans Küng -Música y religión , editorial Trotta- del que tomo el título, nos lo muestra ampliamente. Y es que, en la lectura que Fagen hace de esta magna partitura, se transparenta la continua relación de alabanza a la grandiosidad de Dios, con la intimidad y sencillez de la súplica. El segundo movimiento -andante- fue de los chelos y de las violas, que atesoran muy bellas melodías. Tocaron formando cuerda , en el sentido coral del término. En el tercer movimiento se lucen las trompas, y el clarinete, flauta y resto de maderas sobresalen. El último, es apoteosis de la cuerda por las densidades que logra. Siempre hay mucha música, tanto en las masas como en los solos.
Comenzó el concierto con la sinfonía 33 de Mozart. Una versión como las que ya no se oyen; más bien lenta, muy ligada y con sonoridad romántica. Alejada de la moda de las versiones que vienen del Barroco. Pierde un poco de chista -no el minueto- pero se escucha un Mozart distinto, amplio, muy acomodado en la orquesta convencional.
Es un privilegio escuchar en directo la cuarta de Bruckner. Y lo agradecemos.