el denominado Congresillo de Lodosa, aun dirimiéndose a efectos prácticos los representantes del PSN en el Congreso del PSOE de la primera semana de julio, ha servido de toma de temperatura de las dos únicas candidaturas que realmente pueden aspiran a gestionar la secretaría general de los socialistas navarros a partir del 29 de junio. La votación del sábado consolidó la ventaja con la que ha partido el candidato oficialista, Roberto Jiménez, que obtuvo más del 70% de los sufragios tras consensuar dos de los siete nombres de los delegados con Juan José Lizarbe. Al margen de lo que tiene de inaudito este pacto entre dos de los perfiles en apariencia más contrapuestos del PSN, la cita evidenció que medio centenar de los compromisarios (los 37 que votaron en blanco y buena parte de los que se decantaron por la lista de José Luis Úriz) darán la espalda a Jiménez, además de que está por ver la elección de los que no acudieron a la cita. Así que, en pura teoría, Amanda Acedo todavía tendría margen de maniobra para acumular delegados y al menos condicionar la ejecutoria de Jiménez si ronda el 40% de ellos. Pero, más allá de las cuitas de consumo interno, lo que espera la sociedad navarra, y más concretamente el electorado progresista, es un liderazgo sólido cimentado en un proyecto claro, coherente y solvente. Precisamente, las carencias que han ido minorizando las expectativas electorales del PSN desde el urralburismo, hasta verse superado hace un año por NaBai, y ante las que desde luego no se antoja el mejor de los antídotos erigirse en sostén del Gobierno conservador de un Miguel Sanz en retirada. Porque difícilmente se puede ganar la credibilidad perdida, y por tanto estimular la demanda de cambio, con un discurso cuando menos ambivalente. Sobremanera, si la secretaria general en funciones, Elena Torres, dedica cada una de sus alocuciones a censurar a NaBai, lo que por otra parte, lejos de acreditar una apuesta reformista con cambio en las formas pero también en el fondo, constata tanto una posición acomplejada como una vocación de seguidismo respecto al regionalismo en un momento de crisis que todavía hace más palmaria la falta de iniciativas y el agotamiento del Ejecutivo de UPN, tras casi diecisiete años gobernando de forma consecutiva.