pamplona. Máquinas que clasifican las cartas por direcciones, contestadores que conciertan citas por teléfono, el clip del Word, un robot de una cadena... Todos son ejemplos de la inteligencia artificial que nos rodea, "aunque no seamos conscientes de ello". Y, al contrario de la idea siniestra que algunos relatos y películas han extendido, con la excepción de Asimov, nos facilita mucho la vida. Aunque, eso sí, hay que estar atentos a los espejismos que nos llegan desde Japón y de otras latitudes. Ante todo, se trata de seguir investigando. De todo esto habló Félix Ares, destacado divulgador científico que pronto publicará El robot enamorado (Ariel).
Antes de nada, en la era en la que vivimos convendría distinguir entre inteligencia artificial y tecnología.
Es difícil, porque cada investigador llama inteligencia artificial a lo que quiere, pero sí existe un cierto consenso en afirmar que es aquello que hacen las máquinas que, en el caso de que lo hiciera un ser humano, diríamos que es inteligente.
En teoría, los humanos somos los únicos seres pensantes.
Pero no es cierto. Hay una gradación. Un chimpancé también abre la puerta y enciende la luz, igual que nosotros, y un animal corre cuando aparece un depredador.
¿Eso no es instinto?
Inteligencia e instinto son lo mismo. La inteligencia da un grado más de libertad, pero los instintos no son nada más que sistemas de inteligencia cableados, es decir, implícitos en el cerebro, aunque también se aprenden. No me cabe duda de que los monos son inteligentes y de que incluso manejan un pequeño lenguaje. En todo caso, lo que ocurre es que nosotros estamos en un nivel muy superior al de resto de animales.
Y si nosotros estamos arriba, ¿en qué nivel están las máquinas?
Bueno, eso de que estamos arriba... Hay máquinas que resuelven ecuaciones diferenciales mucho mejor que nosotros. En el ámbito de la investigación es muy importante que tengamos claro que no nos interesa hacer seres humanos, para qué, sino máquinas que hagan algunas cosas concretas mejor que una persona.
¿Pero esas máquinas son autónomas o necesitan que les introduzcan la información?
Muchísimas máquinas son autónomas en el sentido de que aprenden de la experiencia, de los ejemplos, de manera que no hay que programarlas. Si tú escribes una a y les decimos que es una a y así con sucesivas letras, al final sabrán leer un texto, y no se las habrá programado para ello, sino que habrán aprendido de la práctica. Algunas máquinas tienen capacidad de aprender y a otras les introducimos nuestro conocimientos del mundo y lo interpretan, llegando incluso más lejos que nosotros. En los primeros años de la investigación, se hicieron máquinas para resolver teoremas, se les propuso el teorema de Pitágoras y obtuvieron seis respuestas, cinco las conocíamos y una era nueva. Y el año pasado se mandaron varios satélites al espacio, con antenas diseñadas por un programa a base de algoritmos genéticos.
El concepto de Inteligencia Artificial a veces resulta perturbador por las implicaciones filosóficas que implica; como si jugáramos a ser Dios.
Sí, de alguna manera estamos jugando a descubrir qué es la inteligencia. Pero ha ocurrido algo muy curioso porque cuando todo esto empezó dijimos que las máquinas serían inteligentes cuando supieran a hacer una cosa concreta; pero cuando la hicieron dijimos que no, que tenían que hacer otra, y así sucesivamente. En los 70 se decía que cuando jugasen al ajedrez, sólo que cuando lo hicieron, dijeron que no, que cuando ganaran a un campeón, y cuando Deep Blue venció a Kasparov, dijeron que tampoco.
¿Por qué esa resistencia?
Porque nos consideramos la cumbre y los únicos con inteligencia. Cuando deberíamos comprender que todo lo relacionado con la IA nos ha hecho reflexionar sobre lo que es fácil y lo que es difícil. Es decir, en los años 40 se pensaba que resolver ecuaciones era el súmmum y los ordenadores lo hicieron enseguida. Sin embargo, pensamos que andar o traducir era muy fácil, y hoy las máquinas no hacen bien ni una cosa ni la otra. Y estamos bastante lejos de lograrlo.
¿En qué medida han influido la literatura y el cine en difundir esa idea algo siniestra de la IA?
Ha habido de todo. Hasta la aparición de las tres leyes de la robótica de Asimov casi todos los robots eran malos y, a partir de entonces, empiezan a ser buenos. Y también hay híbridos. El paradigma de lo que puede llegar a ser la IA es HAL 9000 de 2001, sobre todo cuando dice 'me educó' el doctor, en lugar de 'me programó'. Es determinante. En todo caso, más que perjudicar, la ciencia ficción ha motivado que mucha gente pensara que estábamos más cerca de conseguirlo e hicimos muchos castillos en el aire.
¿Dónde estamos ahora?
Estamos más cerca que nunca, eso sí, dependiendo de dónde situemos la definición. Podríamos decir que ya la tenemos, porque hay máquinas que generan algoritmos o inventan nuevas cosas, aunque todavía no hay máquinas con sentido común.
¿Y se conseguirá?
¿Por qué no? Aunque no estamos cerca de lograr que tengan sentido común general, sino más bien de que lo tengan en campos restringidos. Se está avanzando mucho en el conocimiento del cerebro, de la inteligencia, y eso se está trasladando a las máquinas, que también nos cuentan qué es lo que funciona y qué no. Lo más importante es conseguir máquinas que nos superen en algo y que tengan cierta inteligencia para poder reaccionar ante condiciones cambiantes. Ése es el gran reto.
¿Y del sentido común podrían pasar a tener emociones?
Claro, pero primero habría que definir qué es una emoción. Por ejemplo, cuando una persona ve que se le acerca un león, sale corriendo, porque si en ese momento pone en marcha su sistema racional y trata de analizar la situación, será devorada. Yo creo que el miedo, igual que otras emociones, es un método de decisión rápida. ¿Y por qué una máquina no va a tener esa capacidad? Del mismo modo, ¿por qué no va a llegar a ser consciente de sí misma? Sobre todo porque quizá sea es imprescindible, ya que así no se dañaría.
¿Qué aplicaciones tendrían estos mecanismos con sentido común en la vida real?
Podrían atender a ancianos, barrer las calles, guisar, hacer la cama... Fíjate en la cantidad de recursos que podríamos dedicar a actividades más creativas.
¿De qué fechas hablamos?
Hoy en día, la cantidad de transistores que podemos meter en una máquina es similar a la cantidad de neuronas de un cerebro humano. Y si lo hacemos bien, en cinco o diez años podríamos tener una inteligencia artificial con un cierto sentido común, sólo un poco, pero lo suficiente para tomar decisiones ante hechos inesperados.