se puede mirar al cielo y tratar de encontrar en el más allá alguna explicación para tratar de justificar lo injustificable; se puede decir que las condiciones climatológicas adversas de los últimos días han propiciado un cambio de sede de los conciertos del Rock en el Reyno para instalarse en un recinto cerrado en lugar de al aire libre; se puede pero no se cree. La lluvia, salvo un diluvio, hoy en día ya no es amenaza para la música. La realidad es que Pamplona no ha respondido a las expectativas y las ventas de entradas para las citas de Juanes y Bob Dylan al día de hoy auguraban un fracaso sin remedio en la Plaza de Toros, que sin embargo se puede camuflar como un buen aforo si ambos actúan en el Anaitasuna. Se puede también alegar que lo que ha ocurrido en Pamplona es lo que está sucediendo en otras muchas ciudades con otros muchos artistas, que están viendo cómo sus recintos se reducen a medida que avanzan sus giras ante la falta de público; que hay demasiada competencia de festivales musicales concentrados en pocos días... pero hay que aceptar que por aquí es difícil acertar con lo que queremos. Mientras Dylan se tiene que conformar con llenar el Anaita, un musical de éxito como Hoy no me puedo levantar arrasa con más de 11.000 entradas vendidas en seis días y ocho funciones extras, otras 12.000 entradas, ante la demanda de público. Así las cosas por el más acá, Pamplona seguirá sin ser sede de grandes citas, esta vez porque los pamploneses así lo han querido, porque actúa Dylan en la puerta de casa y no nos movemos. Quizás es que estamos acostumbrados a las cosas a medias, a los recintos pequeños, a demasiados años de ayuno, a que los grandes conciertos los tengan otros, a quejarnos de que no hay nada pero cuando hay pasar de todo... Son muchas las cuestiones que están detrás de la escasa respuesta de público al concierto de Bob Dylan. Por un lado el propio intérprete, sus irregulares directos y los seguidores reales con los que cuenta (que evidentemente no son tantos como parece); el hecho de que hace dos años actuara gratis a menos de una hora en coche de Pamplona; que la capital navarra no sea, como parecía en un princicio, la sede en la que comienza su gira de más de una decena de conciertos, algunos de ellos tan cercanos como el de Zaragoza y, cómo no, los 53 euros que cuesta la entrada, una de las más caras de la gira. 53 euros que se convierten en 70 con el bocata y la cerveza y que en Pamplona hay que desenbolsar en plena cuesta de junio, este año agravada por la crisis, con los gastos sanfermineros a la vuelta de la esquina. Todo eso y que el 24 de junio es martes, y no viernes, ni sábado, aunque Juanes actúa en domingo y no ha corrido mejor suerte. El fracaso del concierto de Dylan en Pamplona no es sólo el fracaso de una iniciativa privada que ha contado con un importante apoyo institucional, con parafernalia y rueda de prensa oficial incluida, y eso hay que afrontarlo y habrá que valorarlo. Es un fracaso más colectivo. Quizás este no es un reyno para determinado rock sino para otro, como el de Calamaro y Barricada. Lo cierto es que los promotores de este gran concierto, grande porque se trata de un artista internacional, se han jugado mucho en su apuesta y ahora, como en la última novela de David Trueba, les toca saber perder y reponerse, lo que no es fácil. Pierden ellos, pero perdemos todos.