madrid. Dominique Lapierre esperó 35 años para ver en cine su libro Oh Jerusalén , uno de sus primeros bestseller coescrito con Larry Collins y donde narra "con total objetividad" el nacimiento de Israel y el comienzo del conflicto. Aún siendo consciente de que morirá "sin ver esa paz". Oh Jerusalén , publicado en 1971, tras cinco años de investigación en el territorio, Lapierre y Collins quisieron contar, como un documento histórico pero cercano, el origen de un conflicto "algo que casi todos desconocen".
Muchos grandes directores como Costa Gravas, se interesaron en este tiempo por la adaptación de Lapierre, pero, además de no encontrar el momento justo, dada la tensión creciente del conflicto. Pero, sobre todo, como explicó ayer el escritor a la prensa, "no mantenían el espíritu del libro, su imparcialidad, su calidad de documento histórico. En cambio, cada uno tendía hacia un bando o el otro".
Lapierre, que entiende su libro y la película como "una herramienta de paz", vio con alegría cómo, en 2003, el cineasta "Elie Chouraqui, aún de confesión judía", buscaba plasmar ese documento histórico.
Dos años después, tras concluir el rodaje, Dominique visitó a Larry Collins, entonces en coma, para gritarle al oído: "La película ya está hecha. Hemos triunfado. Quise que esa noticia fuera uno de los últimos mensajes que se llevara en su partida hacia la eternidad". Dominique, que no firma el guión, colaboró estrechamente con Chouraqui sobre todo ilustrándole en temas históricos.
"Adaptar la totalidad de mi libro llevaría a 20 horas de película. Fue labor del director la de seleccionar los pasajes esenciales", dice el escritor, quien explica cómo el cineasta construyó "una trama de ficción para presentar los personajes; y poder relatar así, más fácilmente, los hechos históricos".
Lapierre, quien siempre insiste en que fue un niño de la Guerra Mundial, explica como nunca pensó que dos naciones enfrentadas, como Francia y Alemania, llegarían a mantener una relación amistosa. De ahí que no se sienta optimista sobre la solución del conflicto.
"Ha habido momentos históricos que apuntaban a una paz duradera. Pero el problema esencial de este conflicto es su componente religioso, místico. ¿Cómo solucionar entonces de quién es una tierra que Dios prometió tanto a judíos como a árabes", afirma Lapierre, quien añade: "Jerusalén es la ciudad santa para ambas religiones, la tierra prometida". De ahí que, a pesar de otros factores que enturbian el conflicto, Lapierre insista en ese "componente místico" como la clave de una paz imposible: "Tanto en árabe como hebreo, Jerusalén significa 'Paz'. Pero yo sé que moriré sin ver el final del conflicto, aunque espero que mis hijos o los hijos de mis hijos puedan contemplar esa paz".