e acuerdo, vale. Bush ha estado en Europa despidiéndose de sus colegas. Del coqueto Benedicto, del bello Berlusconi, del arrogante Sarkozy. Hasta siempre, amigos. Fue bonito mientras duró, etc. Y su Santidad le ha recibido en el Vaticano con el boato y la untuosidad que tanto le gusta, y de paso le ha agradecido su defensa de los valores fundamentales. Los que sean. Estupendo. Y bueno, habrá quien piense que tiene todo el derecho a hacerlo, claro. Y también habrá quien piense que es normal que a Benedicto le caiga bien un tipo como Bush. Que lo raro sería lo contrario. Hasta habrá quien piense que a mí no tendría por qué importarme en absoluto a quién elogia el Sumo Pontífice y a quién no. Y quizá todos tengan razón, por supuesto. Hoy en día, todo el mundo tiene ya razón. O al menos, sus razones. O al menos, sus intereses. Razones e intereses se confunden. Pero el caso es que a mí me importa, fíjense que tontería. En fin, no es que me afecte en un sentido personal. No es que me vaya a echar a llorar, no es eso. Pero me preocupa. Por lo que significa. Y porque demuestra dos cosas. Primero, que no le supone ningún cargo de conciencia adular públicamente a Bush, después de todo. Y segundo, que opta además por hacerlo entre sonrisas. Sin la más mínima necesidad de, ¿cómo decirlo?, ¿guardar las apariencias?, ¿ser discreto? Eso es lo que me asusta: que ni siquiera trate de disimular, aunque sólo sea un poco. Eso es nuevo. Y no me huele nada bien. Observar a toda esa nueva generación de líderes europeos (incluido el conservador británico David Cameron, a quien ya se ve venir rozagante y risueño), me pone nervioso. Verlos tan felices, tan seguros, tan capaces de todo. Las recientes convulsiones de la derecha española tienen también que ver con eso, supongo: están buscando su Berlusconi, su Sarkozy. En fin, lo que se avecina no sabemos aún lo que es, pero ver a toda esa gente tan contenta pone los pelos de punta, no me digan que no.