elno irlandés al Tratado de Lisboa -burdo remedo político al desastre del proyecto de Constitución Europea- es una muestra más del penoso estado de las cosas. Una Europa timorata y servil a los intereses de EEUU en el ámbito de la geopolítica internacional y temerosa y sumisa a las influencias de los lobbies de las grandes corporaciones internacionales mineras, energéticas, militares, farmacéuticas o de telecomunicaciones. Nadie ha visto la Europa de los ciudadanos , pero cada semana se toman decisiones bien contrarias a los intereses de la mayoría de los habitantes de la UE, bien alejadas de las demandas de las sociedades que la componen, bien enfrentadas a los valores originales del proyecto europeo en el ámbito de la democracia y de los derechos humanos. Así, en apenas 10 días, una clase política y una burocracia atrincheradas en los fríos despachos de Bruselas y Estrasburgo aprueban una nueva directiva sobre inmigración vulneradora de los derechos de millones de personas sólo por su lugar de origen; abren la puerta a un retroceso histórico de las conquistas sociales y los derechos laborales con la posibilidad de impulsar una jornada semanal de 60 horas -que afectaría precisamente a los trabajadores en peores condiciones de precariedad y estabilidad laboral- y no descartan avalar una jugosa operación económica de intereses particulares cobrando la llamada de móvil también a quien la recibe. El proyecto europeo es otra cosa. Quizá recuperar los valores sociales, democráticos y humanistas originarios sea la alternativa real al creciente desentendimiento de los ciudadanos de esta peligrosa Europa de los lobbies .