un hiperactivo miembro de la peña Irrintzi de cuyo nombre no quiero acordarme -no vaya a ser que se entere de que lo he mencionado en la columna, él también se acuerde de mí y me intente liar por enésima vez en uno de sus proyectos increíbles pero inciertos- prefiere que el astro que da nombre al tendido de Sol abrase sus incipientes entradas a ponerse uno de esos gorros rojos de una marca cervecera que regalan en la plaza de toros. Es más, en alguna ocasión se ha levantado de espaldas al albero y se ha dirigido a la mocina -cual Vladimir Ilich Uliánov Lenin al proletariado- para animarla a tirar los gorros publicitarios al guano. Y la gente le ha tirado de todo menos gorros. No obstante, este mártir de la causa antipublicitaria tiene más razón que un santo: las grandes marcas ven los Sanfermines como un inmenso escaparate e intentan aprovechar todos los soportes para colocar sus mensajes. Hay que andarse con tremendo ojo para que entre estas empresas y nuestros mandatarios no conviertan los Sanfermines en un videoclip con mucho maniquí y poco ambiente de aquí. Cuestiones secundarias como la de los gorros cerveceros al margen, las peñas resisten ahora y siempre al invasor publicitario, usando una poción mágica que las hace invencibles: la sangría aderezada con una tremenda devoción por la fiesta popular, participativa, viva. En más de una ocasión les han hecho ofertas millonarias para convertir el tendido de Sol en un inmenso anuncio y siempre las han rechazado. Los populares corredores del encierro invitados por Red Bull a participar en su encierro motorizado están un peldaño por debajo de las peñas en cuanto a la integridad publicitaria se refiere: ellos estaban dispuestos tomar parte en el tinglado de la bebida hiperexcitante siempre y cuando se les astillase convenientemente, y lo que han hecho ha sido negarse a correr sólo a cambio -qué paradoja- de salir en la foto. Quienes no tienen ninguna integridad en este orden de cosas son nuestros mandatarios regionalistas. No solo no le cobran a Red Bull por utilizar el encierro para colocar sus toros rojos en 140 televisiones de todo el mundo, sino que además el Gobierno Foral paga 70.000 euros para poder meter la marca Reyno de Navarra en esas imágenes. A esto, finamente, se le llama ejercer de meretriz y poner el lecho, dicho sea con todo el respeto del mundo para con las trabajadoras del sexo.