Concierto de la Orquesta Sinfónica de Euskadi Director: Cristian Mandeal. Programa: Novena sinfonía de Gustav Mahler. Cita: Último concierto de ciclo de la Orquesta de Euskadi. Lugar y fecha: Auditorio Baluarte. 16 de junio de 2008. Público: Lleno.
POR TEOBALDOS
A nadie se le escapa que el mundo sinfónico de Mahler es abrumador. Los cuatro movimientos en distinta tonalidad cada uno de ellos de su novena sinfonía dan muestra de su indiscutible modernidad, pero una modernidad inhibida. El sinfonismo para Mahler no es el refugio dorado de una inspiración romántica dulce y consoladora aunque en muchos momentos ése es el efecto que causa, sino más bien una prueba dolorosa, estremecida, contenida; que se manifiesta en el estallido apocalíptico de su universo sonoro; o en sus remansados adagios. Mahler produce desazón, inquietud, incluso extrañamiento cada vez menos. Pero también una infinita calma, sensación completa de consumación, plenitud. La novena sinfonía es pieza fundamental en estas propiedades. La versión dada por la Orquesta de Euskadi se movió en los dos extremos: el de la angustia y el de la felicidad. El primer movimiento fue para echar a correr. El último el adagio, para quedarse de por vida. Cristian Mandeal se faja este obrón con gesto abarcador y expansivo. Domina el espacio orquestal y pide las intervenciones solistas con acertada indicación. En el andante que abre la obra, se hace duro entrar en la sonoridad mahleriana, los metales arrasan, no hay equilibrio. Puede el caos sobre la organización; lo amorfo sobre lo dinámico. En el segundo movimiento la orquesta se encuentra más cómoda. Surge cierta alegría. La cuerda se mueve con precisión. Y todo el conjunto responde con disciplina al carácter, incluso juguetón, que el director imprime al movimiento. Lo mismo ocurre con el tercero, el rondó-burlesco. La respuesta de la orquesta a la dirección enérgica y viva del titular es más que correcta. El tiempo es rápido, y está marcado: muy decidido, y así suena. Pasaje distendido, tiene excelentes prestaciones de clarinetes con su sonido penetrante, y diversas intervenciones en maderas y metales que acaban en fortísimo. Y llegamos al adagio, ese movimiento que da sentido a los anteriores. Parece que todo lo que acontece de estruendoso anteriormente es para que disfrutemos más de la humanísima sonoridad de la cuerda. En realidad es el contrapunto al caos del primer movimiento, y que nos lleva, de nuevo, a las altas esferas. Después de una culminación impresionante, toda la materia sonora se va desvaneciendo en una prolongación indefinida del pianísimo. Cristian Mandeal hace una versión del adagio poderosa, envolvente pero no remilgada. La cuerda se muestra densa, hermosa, pero también mostrando su material, y diferenciando muy bien las diversas intervenciones y secciones, para que no se quede todo en un magma pastelero. El público acogió con el alma encogida la magistral escritura mahleriana, y ni se oyó una tos, ni un suspiro perturbó el lentísimo y detenido final, del que el director recogió hasta los ecos. Pocas cosas tan bellas como el final de esta sinfonía.