pamplona. Con una puntualidad británica, Bob Dylan y su banda hicieron acto de presencia en el escenario del pabellón Anaitasuna a las 21.30 horas, cuando todavía numerosas personas estaban entrando al recinto. Minutos antes había terminado la actuación de P.J. Hermosilla, que se encontró con un pabellón medio vacío ya que la mayoría de la gente acudió a la hora prevista para la salida del cantante de Duluth.
Sin terciar palabra, como viene siendo habitual en sus conciertos, Dylan arrancó en esta ocasión con el tema Cats in the wells entre los aplausos del respetable. Tocado con un sombrero de ala ancha y haciendo gala de un negro a lo Johnny Cash (matizado por ribetes y cuello rojo), el mítico cantautor dejó bien claro desde el principio cuál iba a ser la tónica del concierto. Canciones prácticamente seguidas, con apenas un minuto de descanso y sin dirigirse al público en ningún momento. El músico estadounidense no se separó ni un instante de su pequeño teclado, desde el que dirigió a su banda, a pesar de que un micro de pie colocado en el centro del escenario había hecho concebir pequeñas esperanzas infundadas. El escenario, sobrio pero elegante, como toda la actuación, estuvo presidido por una gran tela negra que, sólo en ocasiones, recibió tímidas proyecciones bien de figuras semigeométricas bien de ramas asimétricas.
Ya en la segunda canción de la noche Love minus zero, Dylan recibió los primeros aplausos masivos al dejar el teclado y coger su armónica. Eso sí, por encima de todo, y a pesar de los malos augurios, el autor de Like A Rolling Stone demostró que su voz se mantiene firme, sin grandes alardes, pero firme. Con la llegada de The Levee's Gonna Break el público pudo disfrutar con el contrabajo de Tony Garnier y el primer alarde del polifacético Don Herron, que a lo largo de todo el concierto estuvo alternado la pedal steel guitar, violín y lap guitar. Y, mientras todo esto pasaba sobre el escenario, los asistentes no cejaban en su empeño de tomar fotos con sus móviles.
John Brown,Sugar baby, High Water (for Charley Patton) y Workingman's Blues #2 dieron continuidad al recital con un Dylan cada vez más protagonista dejando que su voz cautivara al respetable. Aunque, ceñidos a la realidad, el concierto, en lo que al público se refiere, se caracterizó por la poca pasión demostrada, con escasos aplausos generalizados y, terciada la parte final de concierto, dando lugar a un murmullo que fue in crescendo hasta llegar a los bises. Eso sí los momentos cumbre fueron eso, momentos cumbre, como la interpretación de Master of war, precedida por Tangled up in blue, en la que músico estadounidense se mostró, por el tono utilizado, casi de sermón, como lo que actualmente es para el gran público: un mito al que se mira con estupor, admiración y bajo la premisa de que tras la salida se podrá decir eso de "yo vi a Dylan".
Llegados al ecuador de la velada, los responsables de la organización tuvieron que abrir las puertas del pabellón para que entrara algo de aire ya que el calor se hacía, por momentos, insoportable. Eso sí, haciendo gala de profesionalidad sin tacha, Bob Dylan y su banda siguieron a lo suyo marcándose It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding) , Beyond the Horizon y la reconocible Highway 61 Revisited, temas a los que siguieron Nettie Moore , Summer day y Ain't talkin'. Canciones estas últimas en las que el bajo eléctrico sustituyó al contrabajo, dando un poco más de ritmo a la noche y cerrando la parte principal del concierto, tras la que Dylan se retiró unos minutos antes de ofrecer los dos temas previstos en los bises (precedidos por hasta tres peticiones masivas): Thunder on the Mountain y la archifamosa y más vitoreada de la noche, Blowin' in the Wind. El final estuvo marcado por un Dylan agradecido, que a punto estuvo de ofrecer un último bis. En definitiva, dos horas intensas, una noche para el recuerdo, de gran calidad musical, y que fue calificada por algunos dylanitas como increíble (sobre todo por aquellos que fueron a verle a Zaragoza, el lunes, y a Andorra, el domingo) y, también como era previsible, sin causar especial apasionamiento en la mayoría de los congregados.