H IDDINK ha holandizado Rusia, a la que ha aleccionado con un paseo por los rigores futbolísticos europeos después de trastearse con la paciencia del santo Job en ese fútbol de oligarcas y mandones, y en el tránsito ha mandado para la ducha a la vieja guardia pretoriana, dándole al equipo otro aroma, menos anárquico, igual de vertical y, por lo tanto, disciplinado y peligroso. Rusia se ha convertido en una sensación de equipo, por su juego de apoyos, por su rapidez en el despliegue y por la manera en la que ocupan los espacios. Por supuesto también porque cuenta con dos futbolistas enérgicos, listos y que forman una pareja de armas tomar. La destreza de Pavlyuchenko, hábil y fuerte ante la portería, rematador de cuidado, coge el hilo a partir de la correa de Arshavin, un jugador potentísimo, eléctrico de movimientos, pelotero, dinámico y crispador de zagas. Mirado de adelante hacia atrás es cuando Rusia pierde fuelle y se convierte en bizcochable. A España le salió bien a la primera un encuentro a la contra, algo loco, de ida y vuelta y donde se observó que la defensa rusa tenía pies de barro ante velocistas como Torres y tipos indesmayables como Villa. No está claro si a Luis y sus muchachos les conviene de nuevo un partido tan movido, agitado en la coctelera, porque el factor Arshavin , que no contaba entonces, se presenta ahora como un elemento desestabilizador crucial. Además, la condición física de los rusos es de aúpa.
Sea frenético o más táctico, resulta indudable que España tiene que amasar la pelota porque las oportunidades le llegarán. El carácter decisivo del partido, la envergadura del mismo, no debe mudar el estilo español ni rotar la idea. Hasta ahora no ha ido nada mal con esta filosofía. Para hoy, por exigir mejoras, los laterales ya no deberían estar para cubrir el expediente, pues los rusos exigirán de lo lindo por los costados. A la espalda de Ramos percutirá Pavlyuchenko, mientras que Zhirkov afrontará la banda sin un miramiento. En éstas, quién lo iba a decir, el bascular de un brasileño (Senna), el toque (de gracia), va a resultar sagrado para que a España no la echen de Europa.