andrei Arshavin era, a los 27 años, un semidesconocido para la mayoría de los aficionados europeos. Un excelente partido frente a Holanda, el pasado sábado, lo lanzó a la popularidad, incrementó notablemente su precio en el mercado y pasó a ser codiciado por clubes que, poco antes, ni siquiera habían reparado en él. Arshavin era la estrella emergente de la Eurocopa y con él su equipo, Rusia, erigido en selección sorpresa tras golear a una de las eternas favoritas. Todo el mundo creyó que Arshavin era el nuevo Belanov y Rusia la URSS de la mejor época del Dinamo de Kiev. Se lo creyó todo el mundo, menos la propia Rusia. El equipo de Hiddink enfrentó a la España de Aragonés no con el ánimo de quien ha dado un baño a Holanda, sino con el recuerdo de quien ha sido vapuleado por España hace un par de semanas. Los rusos sí que sabían, mejor que nadie, de la capacidad destructiva de su rival; quizá por eso aplicaron más tesón en defender que en atacar o quizá fue esa superioridad la que les privó del balón, de la salida hacia adelante, de Arshavin, de Pavlyuchenko y del sueño de la final. No había, en definitiva, tal Rusia; si hubo, por contra, la mejor versión de España, que en su formato original es un equipo abusón, dominante, ingenioso en las distancias cortas y con una llegada que atemoriza a los porteros. Consumida casi toda la Eurocopa, ninguna selección ha desplegado un fútbol tan autoritario con la propiedad del balón y tan socializado a la hora de repartirse el trabajo. Incluso la defensa, tan cuestionada por su comportamiento errático, exhibió una fortaleza desconocida. Si el fútbol no tuviera pasado, nadie en su sano juicio pondría en duda que España es la candidata para ganar el título. Quizá ese es el gran cambio de esta generación: a Cesc, Iniesta o Silva les trae sin cuidado saber quién fue Marcelino y si alguna vez existió.