concierto de la orquesta sinfónica de navarra y
el orfeón pamplonés
Director: Ernest Martínez Izquierdo. Programa: 'Metástasis', de Vicent Egea; 'La Vida Breve', de Manuel de Falla. Reparto: Isabel Monar, soprano; Francisco Vas, tenor; Francisca Beaumont, contralto; José Antonio López, barítono; Antonio Lozano, tenor; Ginesa Ortega, cantaora; Marco Socías, guitarra; Airam Acosta, bajo; Nerea Castellot, soprano. Director del Orfeón: Igor Ijurra. Programación: Ciclo de la Orquesta sinfónica de Navarra. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 26 de junio de 2008. Público: Lleno de abono con huecos.
s E cierra el ciclo de la orquesta con un concierto que resultó extraordinario. Por el estreno de Egea, y por la gran versión que se hizo deLa Vida Breve de Falla, obra compleja y poco programada. Vicent Egea, el titular de La Pamplonesa, presenta una partitura -Metástasis- , descriptiva del escarnio del cáncer en el ser humano, dedicada a Esteban Mengual, fallecido de esa enfermedad el pasado año. Como ocurre con casi toda la música de Egea, uno se enfrenta a sus estrenos con la seguridad de la comprensión, de la claridad expositiva, de la asimilación del mensaje musical sin mayores reticencias. Porque los recursos técnicos de una orquesta tratada con modernidad tímbrica, con cierta audacia tonal, y con generosidad de elementos, están al servicio de una idea clara, que, en esta ocasión, expresa -con emoción- el devastador avance del cáncer a través de un crescendo que lleva al caos, para deshacerse en una calma trágica y finalmente serena. Martínez Izquierdo la dirigió con convicción, logrando un fraseo largo y continuado de la narración, hasta lograr ese silencio final, muy bien respetado por el público, que es, también, parte fundamental de esta partitura. Partitura aplaudida por el público, más que correctamente. Personalmente siempre me ha gustado la música de Egea. Es un compositor que no tiene complejos, que no se escaquea de la tonalidad cuando la necesita, y que aporta sabiduría contemporánea.
De la versión de La Vida Breve lo mejor que se puede decir es que fue fluida de principio a fin -aun con la complejidad de temas, intérpretes e incluso entradas y salidas de éstos-; que mostró esplendorosamente los mundos luminosos de Falla surgidos de la introspección, de la mirada interior; y que supo conjugar la exuberancia orquestal con la austeridad de ese casi recitativo arioso de denso grosos debussyniano lleno de intensidad dramática. La estupenda versión fue mérito de todos. En primer lugar del director y de la orquesta: Ernest M. Izquierdo prepara un mundo sonoro basado en una cuerda densa, frondosa, muy maleable, para no tapar a los solistas, y preciosista y festiva en la danza, con una interpretación de sus fragmentos más famosos en su justa gracia, sacando todo el esplendor, con un rubatto ajustado y libre a la vez, y con un colorido en la cuerda aguda, muy delicado. Muy buen trabajo el de la dirección al aunar en la trama a todos los elementos -solistas, coro en off, cantaora-, sin abandonar la atmósfera, siempre entre trágica y festiva, muy lorquiana. Hasta se metió en compás -cuando la partitura lo requería- a la cantaora; algo que pocos maestros logran. Fundamentales, inmensas, intensas, humanas, cargadas de emoción y duende, la Salud de Isabel Monar, y la abuela de Francisca Beaumont. Isabel Monar lució una voz potente, luminosa, homogénea en grave y agudo, con cuerpo amplio para el dramatismo de su personaje dentro de su timbre claro de soprano. Excelente, también, en la teatralidad. Francisca Beaumont dotó a su rol de abuela de una gravedad vocal y de una intensidad, formidables, también de garra y ternura. Su voz cautivó por la amplitud y hondura de su timbre. Francisco Vas, como Paco, comenzó frío, pero fue a más. Muy bien, y con aplomo, los barítonos J. Antonio López y Airam Acosta. Así como Nerea Castellot y Antonio Lozano, que salvó con voz muy timbrada su papel.
El Orfeón también se lució. Se optó por colocar al coro fuera de escena -la partitura pide coro lejano- y, quizás quedó un poco disminuido por la acústica, que no es la de los escenarios sin caja, pero se desenvolvió bien y el efecto de comentario al drama se entendía. Luego, la incorporación al jaleo de la cantaora aportó fuerza y brillo y todo el duende que es capaz de aportar un coro del norte. La verdad es que yo nunca he visto palmear con mucha gracia a ningún coro, en esta partitura. Ya se sabe que todo lo que viene del flamenco es muy personal. Y, si no, recuerden la anécdota. Una vez escuchó Camarón al Orfeón Donostiarra y dijo: "sí, cantan muy bien; pero por qué cantan todos lo mismo..."