OS pintores de firma al óleo nos han dejado en recuerdo implacable los rostros de reyes, príncipes y demás gente que sentían como envilecidos los trabajos serviles o manuales que quedaban reservados para nuestros abuelos. Así comprobamos la cara de estúpidos que muchos de ellos mostraban con sus adornos de medallas, ceñidores con visos, bandas. Los nuestros, cuyo destino era, y puede que siga siendo todavía, el banderín de enganche, reclutas para guerras que no eran suyas, pagar echadas, y oír, ver y callar. Al fin, ya era hora, los nuestros, aprendieron a leer, movían los labios como si masticasen las letras cuy cuando leían, escribían con torpeza y fatiga las letras como dibujadas, y ya aprendieron a saber por dónde caía Francia, al Este ya no le llamaron poniente, ni al Oeste oriente, ni al Sur mediodía. Fue entonces, no hay fecha fija, cuando les llegó la pasión por retratarse como habían visto a sus amos en las salas de respeto, en sus albumes una colección de fantasmas con sombrero, barba de ubre de cabra, pajarita, la mano sobre una columna falsa, y una palmera también fingida. Quisieron imitar, pobres, a los "señores"y aparecieron los fotógrafos al minuto, el fotomatón, el de la caja con trípode en plazas y parques, el guardapolvo y el "va a salir el pajarito, quieto" y luego las fotos puestas a secar en una cuerda con pinzas de lavandera. Hizo furor el retratarse, lo hacía el soldado con uniforme, la criada, que remitía la foto en carta "yo bien de salud, espero que usté esté también bien". Luego la foto de boda, la de primera comunión, "el día más feliz de mi vida", y la novia al novio y viceversa, el misacantano, la monja, el fraile, igualmente se contagiaron de la invención del bajonavarro Daguerre. Todo ello servía al pretencioso deseo de perpetuarse como sombra, que se guardaba a en una caja de zapatos, arquilla humilde de custodia, a la espera de que pasados los años, pocos, al hacer limpieza se preguntarán "éste quién es", y "esta mujer con mantilla de encaje", silencio, no fueron nadie, absolutamente nadie, perdieron en la caja de zapatos el nombre y la biografía. Eso espero que ocurra con las fotos que me sacan con exceso los retrateros, clic, clic, clic, y se van llevando la imagen de mi cuerpo congelada en sus misteriosas cajas hasta que sea arrasado por el olvido, cuando, el día de las alabanzas se oiga el compasivo "era bueno, pero...". Y dicho sea de paso, quienes perdurarán, como muertos en la morgue de los periódicos, serán quines tienen la sartén por el mango, predicadores de nuestra dicha, misioneros laicos, gracias, muchas gracias por vuestra generosidad no solicitada. Se les ve un día sí y otro también figurantes de ópera bufa, montados en bicicleta, en el coche de juguete de Fórmula 1, visitan un asilo y miman a la viejita que cumple 100 años, con el niño parapléjico, inauguran tres veces el mismo puente, y ahora mismo ya estarán posando para que el reportero los saque mañana mismo. Qué cargantes.