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Y tiro porque me toca
Frontones bolivianos
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por miguel sánchez-ostiz

N
O conozco otros, pero tal vez el frontón de pelota vasca más alto del mundo esté en Bolivia, junto a la bocamina Cancañiri, a más de 4.000 metros de altura, junto a la derruida estación de ferrocarril de la mina de estaño Siglo XX, en Llallagua, una de las minas de Simón Iturri Patiño. Del frontón, que fue cerrado, quedan enteras el frontis y las paredes izquierda y trasera. Surge, insólito, al pie de una cumbre que un minero llamaba La tortuga, en un panorama desolado, de casetas de adobe, donde los mineros pueden comprar refrescos y dinamita, y restos de restos. Algo más abajo empieza el hormiguero de los lavaderos manuales de mineral, un trabajo de una dureza que hace ociosos los comentarios. Y es que se acabaron las explotaciones de verdad industriales y se volvió a la extracción manual y artesanal, al arañar el mineral a la montaña, dentro y fuera de la bocamina. El paisaje de las montañas en donde están las poblaciones mineras de Llallagua, Uncía y Catavi, es abrupto, duro, pelado, salvaje y la mano del hombre no ha hecho más que agudizar esa impresión viva de dureza extrema. Su colorido, que lo tiene y muy rico, es una cuestión de matices de verdes, grises y dorados gracias a la luz del día y sus horas en la rala vegetación de paja brava y de llareta, de desmontes y escombreras, de ruinas de piedra y adobe. Pero aquello no es un espectáculo, es un trozo de realidad dura, marginal, olvidada. Allí, en apariencia, el mayor signo de vida es el silbido del viento. A ratos, algunos mineros salen de la mina o ascienden despacio por los caminos. Nada más. Pero no es ese el único frontón de la localidad, porque más abajo, hasta los 3.700 metros, hay otros cuatro frontones de pelota en uso. Llallagua, en el norte de Potosí, tiene 35.000 habitantes. No sé el grado de dificultad de jugar a mano a más de 4.000 metros de altura. No vi jugar. Vi otras cosas menos festivas, aunque en su defecto viese unas inolvidables muestras de coraje, lealtad a las propias ideas, solidaridad y fraternidad humanas, ya fuera por parte de mineros, cargos públicos, políticos y hasta comunicadoras sociales. En Llallagua, sus habitantes, pasados o actuales, han vivido mucho y muy duro. De la estación de ferrocarril no quedan más que unas paredes, algunos raíles y algunos chasis de vagones. Pasado. Pero fue por esa vía por donde la noche de San Juan de 1967 entraron las tropas enviadas por el general Barrientos para castigar a la muy combativa población minera de Llallagua, metiendo bala a discreción en el final de una fiesta muy celebrada allí, y matando a unas treinta personas e hiriendo a otras ochenta, entre mineros, mujeres y niños, aunque las cifras reales no se hayan llegado a saber nunca. El trasfondo de aquella matanza obrera fue la guerrilla que mantenía el Che Guevara en la zona oriental de Ñancahuazu y la sospecha gubernamental de que el congreso sindical que allí se iba a reunir, tenía como objetivo no ya el apoyo circunstancial ya aprobado de una ñata, el salario de un día, de la muy combativa fuerza minera a la guerrilla guevarista, sino el entronque con una guerrilla que hasta ese momento estaba casi por completo ajena a las luchas sindicales de los mineros. No hay pueblo oprimido que no esté empeñado en su propia tarea de recuperación de memoria histórica, haya pasado el tiempo que haya pasado. Ahora mismo, el diputado y líder sindical José Pimentel y el periodista Carlos Soria, al margen de otros trabajos, están empeñados con coraje en que, cuando menos, aquella matanza no vaya a parar al olvido, ya que no se puede todavía reparar a las víctimas o procesar a los culpables de aquella y otras atrocidades. Toda la historia de esa remota zona minera de Llallagua, Uncía, Catavi, está marcada por la lucha de los mineros, es un recuento interminable de combates, reclamaciones, muertes, matanzas, represiones y explotación pura y dura más o menos encubierta. Así hasta el cierre oficial de las minas, gracias a la gloriosa política neoliberal de los felices ochenta, que como todo el mundo sabe es el sostén de la verdadera democracia, de la auténtica libertad. Amén. Una historia de vida y muerte, en un territorio durísimo, de accesos comprometidos. Aun el empuje de la población minera y de sus líderes logró, después incluso del cierre de la explotación de las minas, fundar la Universidad Siglo XX, donde ahora mismo estudian unos cuatro mil universitarios, con un abanico amplísimo de licenciaturas. En este caso las cifras lo dicen todo. Y es precisamente de esas y otras minas, de sus regalías, de donde han venido saliendo los fondos necesarios para la construcción y desarrollo de los actuales territorios autonómicos y de verdad sediciosos. Unas autonomías más basadas en cuestiones económicas y de clase, que en cuestiones de verdad indentitarias, tal y como éstas vienen recogidas expresamente en varios apartados de la actual constitución. Por eso llaman tanto la atención que la prensa que en el Estado español ataca los estatutos autonómicos de Cataluña y el País Vasco sea la que defiende como un logro de la democracia el desarrollo autonómico de los terratenientes, los oligarcas y las transnacionales. Llama la atención, eso es todo. Como llama la atención que sean esos mismos terratenientes de la derecha los que ahora se nieguen a la celebración de un referéndum revocatorio por ellos mismos impulsado, ante el temor a que, una vez más, sea Evo Morales, apoyado por los que parecían estar condenados a estar eternamente gobernados, quien vuelva a ganar y salga fortalecido. En la actual situación política boliviana a los habitantes de esas poblaciones, a los mineros de esas y otras minas, nadie les puede disuadir de que no haya llegado su hora política, social, vital, su verdadera oportunidad de hacer oír de verdad su voz, de verla representada como nunca hasta ahora ha estado en un parlamento, en un gobierno con capacidad decisoria para atender de verdad sus reclamaciones, sus asuntos. Y la suya es y ha sido una conquista plenamente democrática. Conviene no olvidarlo.

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