TODOS los años por estas fechas siento la llamada de la fe. Aunque se trata de una llamada un tanto particular. No me entran ganas de ser un cura, así, sin más. Quiero ser obispo. Concretamente, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela. Y no para siempre. Sólo por un día. Menos: por una mañana, un rato, un instante. El instante mágico de la procesión del día 7 en el que La Pamplonesa toca El asombro de Damasco y el obispo avanza oscilando el cuerpo levemente para hacer bambolear su sotana a izquierda y derecha. En ese instante mágico parece que todo se ralentiza para amoldarse al ritmo suave de la música. Que El asombro de Damasco fue expresamente compuesta para que el obispo menease sus vestiduras. Que La Pamplonesa fue creada únicamente para tocar esa pieza. Que los miles de personas que acuden a la procesión lo hacen exclusivamente para disfrutar del bamboleo de la sotana episcopal. Que los Sanfermines se organizan expresa, única y exclusivamente para ese momento. Evidentemente no es así. Nuestras fiestas están repletas de momentos mágicos. Cada cual tiene el suyo. Los suyos. Por eso, además de obispo en la procesión me gustaría ser macero en el chupinazo, corredor del encierro en Santo Domingo, guiri que se tira en pelota picada de la fuente de la Navarrería, locuaz vendedor de boletos en las tómbolas de las barracas, quinceañero que liga por primera vez en la verbena de Antoniutti, miembro de la pareja que fornica salvajemente al borde del abismo en las murallas del Redín, reina europea en el momentico… si lo hubiere. No soy amigo de sacralizar momenticos, de elevar las costumbres a categoría de dogma inquebrantable. No obstante, la asombrosa decisión de suspender el momentico del año pasado me pareció un pecado mortal. Se obvió un mandamiento fundamental de los Sanfermines: criticarás al alcalde de turno cuanto te plazca. Tradicionalmente se ha hecho así, aunque a la primera edila actual le disguste. Tradicionalmente los Sanfermines han sido un tiempo para la trasgresión, aunque ahora los quieran convertir en un periodo de procesiones inmaculadas, saraos elitistas y formales verbenas esponsorizadas. Dicen que fue decisión del obispo Sebastián, pero está claro que su inspiración no fue divina sino terrenal, más concretamente consistorial. Esperemos que el obispo Pérez no caiga en la misma tentación autoritaria. Si por fin no ingreso en el seminario para hacerme obispo, vuelvo con la Entibadora en septiembre.