l A selección campeona de Europa ha roto con los tópicos y ha puesto un punto y aparte en la historia (en la deportiva y en la social). La transición, en el fútbol, se ha prolongado durante 44 años: del blanco y negro al color; de la dictadura a la democracia; del 3-2-5 al sistema de pivote y media punta; del balompié para andar por casa a la globalización de los jugadores; del centrocampista nacido en Garde al líder del mediocampo acunado en Brasil; de la furia como único argumento en la victoria y en la derrota, al control del balón, el ingenio y la calidad a raudales. El grupo encabezado por Luis Aragonés no tiene nada que ver con el pasado. Poco tiempo atrás era inconcebible formar una alineación en la que compartieran responsabilidad y compromiso dos futbolistas del Villarreal, otros que buscan fortuna en Inglaterra, y que la aportación del Real Madrid quedara reducida a dos titulares. Con esos mimbres, el seleccionador ha armado, para empezar, un grupo compacto; y después ha encontrado un estilo. Habría que preguntarse, sin embargo, qué fue primero: la idea táctica del entrenador o la personalidad de los futbolistas. Me decanto por lo segundo. Es cierto que Aragonés selecciona a los futbolistas, pero ha tardado años en arriesgar; en desprenderse de la losa impuesta por los gustos de la prensa especializada (?) de Madrid; en apostar por esos chavales menudos (liliputienses casi al lado de algunos alemanes), que viven pegados al balón, de imaginación febril, delineantes de pases verticales y, contra lo que presuponen los cánones, tremendamente combativos. Porque si se trata de poner esfuerzo físico, ayer reventaron a los siempre atléticos y robustos germanos. Lo bueno de los chicos de Aragonés es que lo hicieron corriendo menos que sus rivales: todo un ejemplo de inteligencia. A la selección española le faltó algún gol más para acreditar con cifras su superioridad y su categoría. Fernando Torres, por fin, recogió la recompensa al combate que mantiene (y mantendrá por años) con el gol y con su legión de detractores. Ya es el nuevo Marcelino. O mejor, no. Aquello es historia, pasado remoto. La furia ya es arqueología futbolística.