la histórica presencia de José Luis Rodríguez Zapatero en la clausura de un Congreso Regional del PSN -nunca un secretario general del PSOE había comparecido en ese foro- tenía por objeto restañar definitivamente la moral de la parroquia tras el fallecimiento de su líder, Carlos Chivite, y la pérdida de la segunda posición electoral en los comicios autonómicos de 2007. Pero muy especialmente ungir de forma pública al nuevo secretario general, Roberto Jiménez, glosando a modo de aviso a navegantes la disciplina de la militancia al acatar el verano pasado la negativa de Ferraz a conformar un Gobierno con NaBai e IU. Ni que decir tiene que la concurrencia asumió de buen grado todos estos mensajes, pese a los silbidos que soportó José Blanco a la entrada al plenario. Lo que a buen seguro no habrá convencido tanto a los ciudadanos ajenos a la cuitas internas de los partidos -la inmensa mayoría- fue la enésima promesa de que "pronto" se cerrará el acuerdo para la construcción y financiación del tramo navarro del TAV. Y es que anuncios semejantes han sido formulados repetidamente, incluso en sede parlamentaria, por la ministra Magdalena Álvarez, sin que acaben de concretarse. Ojalá tanta palabrería se torne por fin en obras. El segundo pilar del discurso de Zapatero, al menos en lo referente a Navarra, fue su augurio de que el PSN, merced a su estrategia de colaboración con UPN -"responsabilidad" y "coherencia", para el presidente español-, "ganará" las próximas elecciones forales. Un exceso dialéctico a todas luces, especialmente porque tal deseo -más propiamente sueño- no parece hoy en día estar al alcance del socialismo navarro ni con el hito de los 118.000 sufragios recabados por el propio Zapatero el pasado marzo, 40.000 más que los obtenidos por Fernando Puras un año antes, merced en gran medida al voto útil en contra de la derecha. Otra cosa es que la Ejecutiva federal sólo esté dispuesta a permitir el asalto a la Diputación si el PSN retoma su condición de segunda fuerza y supera los 15 escaños (hoy tiene 12), aproximándose a los 100.000 votos, reto formidable por otra parte. Aunque, eso sí, siempre que no queden comprometidos intereses superiores -y desde luego particulares- a la voluntad de los navarros libremente expresada en las urnas.