pamplona. Carolina y su hijo (prefiere preservar su intimidad y no decir su nombre) se pasaban "horas interminables" haciendo las tareas que del colegio. "Le costaba horrores descifrar una palabra, leía entrecortado y sin fluidez. Le repetíamos una y otra vez las cosas y no había manera de que las recordase", explica su madre. Estas cosas le llamaban la atención, no las veía normales ni las entendía, pero el desconocimiento que rodea a la dislexia le impedía saber qué le ocurría a su hijo. Había días que trabajaba mejor y otros que lo hacía realmente mal. Y entonces ocurría lo que les suele pasar a las familias que conviven con niños con dislexia sin saberlo. "Nos poníamos nerviosos e incluso a veces le reñíamos pensando que lo hacía aposta", señala esta pamplonesa. Y es que los profesores achacaban el retraso a una mayor inmadurez y vagancia.
Pero el hijo de Carolina no era ni es inmaduro. Tampoco vago. Tiene dislexia. En cuanto le atendieron en la Fundación Nuevas Claves Educativas lo tuvieron claro. Aunque el proceso hasta llegar a encontrar a estos profesionales no fue sencillo. "Primero fue el boca a boca. Una compañera de trabajo me comentó que a su sobrina le habían diagnosticado dislexia y los síntomas eran iguales a los de mi hijo. Empecé a investigar un poco en Internet, a ver qué era la dislexia y entré en varias páginas hasta que encontré la de la Fundación", recuerda Carolina. No le fue fácil dar el paso, tenía miedo. Pero después de haber pasado por ese trance recomienda a las familias que "si creen que pueden estar ante un caso de dislexia lo consulten. Te quites un peso de encima".
Y es que para esta pamplonesa ponerle nombre a lo qué le ocurría a su hijo ha sido "un alivio". Y asegura que para el niño también. "Pedimos cita y nos lo confirmaron. Fue el pasado febrero y tenía 8 años", indica Carolina. Durante una semana estuvieron yendo a Vitoria todos los días y los padres recibieron un cursillo de preparación. "Nos dieron materiales con los que trabajamos todos los días en casa y vamos una vez al mes para ver cómo van las cosas", explica esta pamplonesa, que asegura que "aunque aún es pronto algo ya le notamos". Por ejemplo, Carolina explica que "desde que comenzó el tratamiento veo que ya no sufre cuando se pone delante de un libro, incluso a veces lo coge por iniciativa propia y se pone a leer. Y eso para mí es un triunfo". Ella le ve más contento, más tranquilo, más feliz. "Para nosotros fue una alivio saber lo qué tenía, saber que no es su culpa y a él también le veo más aliviado. Noto que para él no es un trauma e independientemente de los avances que haga veo que no sufre", explica Carolina.
Tanto sus padres como él saben que la dislexia no tiene cura, son conscientes de que va a ser siempre así, que la expresión oral no va a ser su fuerte, pero "posee otras buenas cualidades que no las tienen otros niños", asegura su madre. Y lo más importante: al conocer lo qué tiene saben cómo abordarlo, qué metodologías de trabajo poner en marcha, cómo ayudarle y hacer que dé lo mejor de sí mismo. Pero sin presión, sabiendo que si no puede es por eso, porque no puede, y no porque no quiere o porque es vago o inmaduro. Ahí está el quid de la cuestión. Y ahí está el trabajo de profesionales, profesores y familiares. Tratar de conseguir que la dislexia deje de ser un trastorno invisible, desconocido para muchos, que la mayoría relacionan con un cambio en las letras, pero que si no se trata a tiempo puede tirar por tierra mentes inteligentes. Y es que hay expertos que afirman que muchos disléxicos tienen una inteligencia superior a la media. Albert Einstein era disléxico. Para muestra, un botón.