Este hombre que aparece inmensamente feliz en la parte inferior de esta página levantando una Copa de Europa de naciones es el técnico más veterano de cuantos se presentaron en la Eurocopa (69 años), el único que ha salido campeón y de los pocos que, en los próximos días, tras la conclusión del torneo, se dedicará a otros menesteres sin la posibilidad de renovar su contrato con la Federación, ante todo porque ésta así lo ha querido y para ello tiene ya contratado a su sustituto, Del Bosque (aunque algunos, léase Marca , defiendan a capa y espada la gestión de un presidente como Villar, para el que no caben epítetos descriptivos). El domingo, Marcelino, el delantero del Zaragoza que había logrado el gol más mítico de la historia de España en los tiempos más negros de este país (1964), pronunciaba una frase cargada de sentido a raíz del relevo que tendrá la selección en el banquillo: "Nadie entenderá este país. ¡Qué jodida es España!".
Es tan fastidiosa España que se empeña a menudo en maltratarse, cargarse de miedos escénicos, prevenir sin que haya enfermedad y practicar las curas a destiempo. Antes de la semifinal contra Rusia se anunció el nuevo contrato de Luis Aragonés con un club turco en una maniobra que sorprendió por lo poco idóneo del momento escogido y por lo innecesario del asunto. Aun así, la selección practicó un fútbol de ensueño, que animó a despojarse de los fantasmas que la perseguían desde hace varias décadas.
En ese desatamiento general, Luis Aragonés, un auténtico enfermo del fútbol, muy cercano en el vestuario, críptico en sus comparecencias públicas, convencido y autoritorio con sus ideales (el tema Raúl no tenía discusión para él), orador a menudo destemplado pero un técnico que se las sabe todas, que es de lo más normal del mundo, que ha sido un jugador brillante y se ha convertido en un entrenador resabiado y buen manejador de pulsos (los roces con Ramos y Torres han acabado por reforzar a los jugadores), pues en ese escenario sin costuras y frenético, Luis Aragonés se ha quitado del foco, ha dejado la gloria para sus muchachos y hoy, cuando se siente en una tumbona para saborear una cerveza, ya podrá decir que ha fabricado la España perfecta, la mezcla de la Italia rocosa y la Brasil filigranera que tanto le encantan.
Esta selección debe buena parte de su mérito a este señor mayor que tiene un embudo en la boca y una pizarra en la mente. Ha manejado el grupo con solvencia, ha elegido siempre a los mejores, los cambios han emitido señales positivas, los suplentes nunca se le han subido a la chepa y su cuadrilla de chavales ha embelesado a Europa porque el técnico entendió hace tiempo que España no podía practicar otro tipo de fútbol. Desarrolló el bueno, el mejor por bonito y eficaz, y el único posible si se parte de la idea de que los futbolistas españoles no son tachenkos y aquí nunca crecerá un central como Mertesacker. Aquí se juega a otra cosa y así lo entendió Luis, al que mientras tomaba la Copa, la Federación ya le estaba codeando para sacarle de la barra. Jodida España.