AIZ ez den gaztelua/ maite dut nik sor-lekua/ aiten aitek autatua..., aunque no sea un castillo, amo la casa de mi nacimiento, que fue elegida por los padres de mis padres", dice el poeta Elizanburu, y al referirse a la morada, lo hacía también a la lengua trasmitida en esas paredes ancestrales, de generación en generación, desafiando las tempestades que a lo largo de los milenios ha sufrido Europa: el imperio romano, las invasiones bárbaras y árabes, la creación de los imperios, la solidificación de los estados. Guerras, invasiones, fracasos y penurias.
El euskara ha permanecido a eso y lo que es más, pese a su ductilidad, persisten en su léxico palabras que nos retraen a la prehistoria europea: pronunciamos la palabra harri /piedra, aplicándola a numerosos instrumentos que una vez de ese material fueron, aunque hoy su factura sea según modernas técnicas de herramientas. Es un término que nos lleva al tiempo en que se enseñoreaban de nuestra geografía los bisontes y los rinocerontes, en que el hombre grababa en las cuevas de Santimamiñe el espectro de los animales feroces, trasmitiendo su miedo a enfrentarse a ellos. Hace sietemil años, esos antepasados pronunciaban muchas de las voces que hoy emiten nuestros nietos.
Es un fenómeno cultural casi único. Hombres nuestros lo advirtieron: Etxepare, Axular, Kardaberatz, Larramendi, Perotxegi, Lizarraga, Txurruka y Elorza..., así como lo señaló el extraordinario interés en su estudio del padre de la Filología, Guillermo Humboldt, y más tarde del Príncipe Bonaparte, Schuchardt, Luchaire, Uhlenbeck,Vinson, Dogson..., gente de todas las nacionalidades y profesiones que se manifestaron con entusiasmo a favor del euskara, reclamando un impulso por su estudio académico. Hay pues, en nuestra lengua, algo que nos corresponde preservar.
Manuel de Irujo, Bingen Amezaga y Teodoro Monzón en sus cartas, en 1960, daban por perdida la lengua primordial. La dictadura brutal de Franco parecía, tras la destrucción de Gernika y su simbología, haber conseguido también devastar la lengua de Euskal Herria. Para un hombre cruel, carente de cultura, era un orgullo haber conseguido tal cosa. Como galardón tenía la aniquilación.
Los tiempos cambian mentalidades y abren caminos. Durante siglos, los judíos pervivieron en Europa hablando al menos tres lenguas, conservando el arameo de sus escrituras, y pese a la persecución y al genocidio, lograron altos niveles de rendimiento económico y cultural.
Los vascos conseguimos el milagro de conservar la nuestra, siendo parlantes en castellano, francés y latín. Curioso es constatar que en el Estado español dábamos, junto a esa realidad, un alto índice de alfabetismo, cuando la media de analfabetismo era sumamente baja. Añadido a un estatus económico y social avanzado.
El aprendizaje de idiomas jamás hace retroceder al individuo, antes bien, lo lanza para una preparación óptima a las dificultades de la vida social, laboral, económica y cultural a la que nos enfrentamos. Para una persona políglota, los árboles tienen tantos nombres como idiomas hable, así el aire, la tierra, el fuego y el mar, así los sentimientos. Poder dirimir ese vastísimo caudal, reseñarlo en zonas del cerebro, disponer del mismo según la circunstancia, expresarse según el momento, intercambiar información desde ese ángulo y recibirla, es asunto indudable que el individuo que posee ese bagaje, superior en cualidades de ubicación. Y la ubicación es arma esencial de la inteligencia.
Hablaremos inglés, con modelo british o sin él, pero antes debemos aprender, no sólo palabras y verbos, sino la cultura de los pueblos de habla inglesa: su literatura y su historia, sus gestos, mímica, canciones y proverbios. Porque hablar otro idioma es, en cierto modo, dar un paso desde la personalidad propia para encontrarse con la ajena en el momento de la expresión, imitar al nativo que lo habla así por esas circunstancias específicas. Intentar hablar inglés sin leer a Shakespeare, Byron, Austen y Wilde, es como abrirse paso en un camino de zarzas espinudas. Quizá se llegue al final pero sin aliento.
En el Seminario de las Lenguas Minoritarias que ha celebrado EA en Iruña, se han barajado estos criterios, y también las tristes realidades en que nos encontramos en Navarra con un euskara acorralado, sin promoción efectiva, pese a ser conocida en las crónicas como lengua de los navarros , y que fueron los navarros cultos quienes la propiciaron para luego, en el XVIII, descargarla en hombros guipuzcoanos.
Pese al incremento de las ikastolas , es decir, de la preocupación paterna por reintegrar a la nueva generación tanto en la lengua maternal como en la oficial del Estado, y en la que predomina en el mundo cual nuevo esperanto, el inglés, ayuntamientos, consejos y el Gobierno de Navarra intentan detener la exigencia ciudadana; esa intrínseca decisión de Navarra de recuperar lo que se malogró en 1512 arrollada su independencia por las huestes castellanas, que de reino la convierte en provincia. Prenda de gran valor perdió, nos advierte pesaroso el Paloteado de Monteagudo.
Sobre el rastrillo de una política miope y ramplona, uno siente la esperanza de un renacer cultural. En la Expo de Zaragoza tras el discurso de un presidente que sólo atiende a lo suyo por lo que no nos representa a todos, un hombre de la cultura, Pedro Iturralde, responde por todos con su saxofón y su universalismo -del mundo sajón traspasando fronteras cruzó la península y el continente europeo, resucitándonos a Edith Piaf-, y tocó con maestría un zortziko , esa composición clave de la música vasca en concordancia con su lengua: algo específico y especial, hermoso y elegante. Original.
Iturralde, el músico culto, quebró las burdas cadenas políticas y las transformó en musicales hilos de seda, reparando el sentir de una comunidad obligada a presentarse ante el mundo, renegando de sus raíces seculares.
Obviar lo que nos diferencia de los otros pueblos, lo que puede acicatear su curiosidad por conocernos, lo que nos hermana serenamente, desde nuestra idiosincrasia, con la humanidad, es afrenta. Nadie que desdeña y perturba lo que es esencial en su ser, está capacitado para dialogar. Ni para cautivar, ni para comerciar. Puede ser objeto de burla cuando no de compasión.
Etxepare, desde su S. XVI, cuando el castellano tenía imprecisa su ruta, en versos preciosos, dispuestos para el zortziko , conminaba al euskara..., habil mundu guzira , es decir, a salir al mundo. Un hombre joven, finlandés pero de habla materna sueca, responsable de Lenguas Regionales y Minoritarias de la Comisión Europea, Johan Haggman, nos alerta que una lengua como el euskara es un valor añadido en un futuro en el que casi todos hablarán inglés.
Terminamos con las palabras del viejo galés de Pancader al invasor monarca normando: "...no creo que otra nación distinta de esta de Gales, ni otra lengua que la suya, responda por este rincón de la Tierra cuando llegue el día de la comparecencia ante el Juez Supremo..."