sostienen los psicólogos, y hasta algún psiquiatra, que con la llegada del verano crecen de forma exponencial tanto la autoestima de los seres humanos como su capacidad de empatía, de ponerse en el lugar del otro. Tienen que ser necesariamente los poderes curativos, o cuando menos paliativos, del sol. Pero también los efluvios de los alcoholes refrescantes y de la subyugante presencia de efebos y damiselas -en la variedad está el gusto- de porte imponente de tan seductora y escueta vestimenta. Asimismo, debe concurrir para esta plenitud estival generalizada un indudable factor emocional, al rememorar los veranos pretéritos paladeados en enclaves que dejaron de frecuentarse y con personas que antaño lo significaron todo pero que ya nos abandonaron -con harto pesar suyo y nuestro-, impregnándonos con su ejemplo. Por añadidura, todo estío que se precie es anunciador de un mundo nuevo, siquiera por el cambio de usos durante tres meses, y promete sensaciones sugerentes, normalmente vinculadas a la noche y a las expectativas carnales que la circundan. Aunque, paradójicamente, nos topemos con el contrapunto de las separaciones provocadas por el descubrimiento de una pareja que, en tiempo de relajo, se revela irreconocible o demasiado previsible. Claro que también los hay que ya estarán padeciendo con el descuento de los días de vacaciones disfrutados. Que se compadezcan de los trabajadores estadounidenses y japoneses, con dos semanas de asueto de media. O de los chinos, con 9 días de permiso. Pese a todo, lo nuestro sí es vida. A por su jugo pues .